domingo, 2 de enero de 2011

Zodiaco (2007) de David Fincher


Zodiaco está hecha con una atención al detalle y refinamiento que la emparenta con el cine clásico de los años cuarenta y cincuenta. El propósito es dar vida a una  ciudad. San Francisco es, quizá, la verdadera protagonista. Se la filma en clave baja, se privilegian atardeceres y vistas nocturnas, una oscuridad que poco a poco va adquiriendo vida propia y va consumiendo al caricaturista Robert Graysmith (Jake Gyllenhaal), al cronista Paul Avery (Robert Downey Jr.), y al policía David Toschi (Mark Ruffalo), obsesionados todos con un  asesino en serie que aterrorizó a EEUU en los años setenta.

Fincher crea un estrés interno, una especie de efecto hipnótico, que convierte a los periodistas en sonámbulos solitarios que pierden la cabeza con el caso. El filme hace esta pregunta: ¿cuál es el costo de la obsesión? Solo el inspector Toschi parece mantener la línea que divide la profesión de la vida privada. Graysmith, a pesar de parecer el más centrado, no puede escapar de un lento proceso de decadencia:  se aísla de su familia, y, a la vez, se envuelve en una adicción que lo expone a la mirada sin rostro de una entidad  que parece verlo y controlarlo todo.

En Pecados capitales -segunda cinta de Fincher- el terror aparecía como escenas dispuestas a la manera de espeluznantes obras de arte, y había una que otra persecución o escena de acción. En Zodiaco ya no hay nada de eso. Los crímenes se filman serenamente, de cerca, en el día o la noche,  sin que podamos ver el rostro del asesino. No hay violencia, pero sí una sensación inminente, luctuosa, que recorre cada plano, y que contagia cada vez más a aquellos donde los protagonistas conversan, trabajan en sus oficinas, o vuelven a sus hogares.


Algunos han criticado la duración del filme -más de dos horas y media-, pero no han reparado en que el hecho de sentir el paso del tiempo, de atravesar toda una década, es fundamental: a pesar del transcurrir de los años, de que los crímenes cesan, y de que nada parece resolverse, la obsesión de Graysmith persiste. A la vez, la ciudad cambia de ropaje (otro vestuario, otro acabado), pero se hace más terrorífica. Las informaciones clandestinas, las llamadas anónimas, y los rostros sospechosos, se multiplican, sin que nada parezca cobrar una coherencia liberadora. El Zodiaco ha identificado a sus perseguidores, y los acecha, juega con ellos, pero nunca se revela. 

Las imágenes son de una elegancia y belleza fúnebres, complementadas por subrepticios movimientos de cámara, que hacen presentir lo que no se ve. La fotografía también da una consistencia espesa, difuminada, al espacio, y se compone una geografía llena de recovecos, enigmática e inabarcable, poblada por personajes extraordinarios como el experto en caligrafía (Phillip Baker Hall), todos desconfiados y desconfiables a la vez. En medio de eso, cualquier habitación, cualquier mirada, intensifica la presencia -metafísica- del mal. Como las grandes películas, Zodiaco parte de un retrato de época, para mostrar cómo el lado más oscuro de una sociedad se atreve a despertar, y a tender su sombra, inmensa y a la vez intocable, sobre una ciudad, hasta apagar el alma de un puñado de hombres, para siempre. (Somos 09/06/2007)