jueves, 20 de enero de 2011

Scream 2 (1997) de Wes Craven


Cuando todavía nos estabamos recobrando de ese deslumbrante juego cinematográfico que fue Scream, llegó, con menos fuerza quizá, pero más intrigante y cómplice, esta insidiosa “continuación”, muy segura de introducirnos en sus vericuetos autorreferenciales, en un universo autosuficiente, sangrientamente especulativo: desde el arranque, en una sala de cine, donde, en medio de la alocada proyección de "Stab" -versión paródica de Scream-, se perpetra el primer crimen, hasta la mayoría de los otros asesinatos, las víctimas están atrapadas en los espacios de la ficción (o de la representación): en una sala de cine, en un laberíntico estudio de filmación, en un escenario teatral. La misma Sydney (Neve Campbell) es ahora una actriz amateur, e interpreta el papel protagónico de una clásica tragedia griega en la que, como es de suponer, se rebela contra la furia de un ensañado Destino: la obra de teatro hace eco de la película, y viceversa.

En efecto, si la ficción habla de sí misma, y se remeda a sí misma como “puesta en escena”, el personaje del filme, y de la obra teatral -siempre Sidney-, tendrá que sufrir el encono de todos sus demiurgos, y hacerles frente. Y es que a pesar de su apariencia candorosa, Sidney tiene que actuar, ante todo, como una aguerrida "luchadora", debe cumplir bien su papel -como le dice el director de la obra teatral, interpretado por un veterano actor de antiguas películas de terror (David Warner). Por eso, también, ella está condenada a que mueran sus enamorados -así sean inocentes, como en este caso, simbólicamente "sacrificado" como un Cristo-, o incluso algún romántico admirador -como confesó ser su amigo cinéfilo, convertido en sorpresiva víctima a la luz del día-. Es en torno a este segundo nivel de lectura, donde quizá se encuentre lo más cautivante del filme.

Otro aspecto que distingue a esta secuela es el cambio de tono narrativo, ahora más calmado, y sus atmósferas, oscuras y fantásticas. Es un filme que está hecho a la sombra del  anterior, que carga con esa “maldición” -algo que reviste de un influjo crepuscular y espectral al conjunto-, rasgo que remarcan antiguos personajes, como el de David Arquette, herido y lúgubre, en continua invocación reflexiva del pasado, pero determinado a participar de nuevo en la historia -como también sucede con el misterioso sospechoso al que se aludía, pero nunca apareció en la primera parte.

Scream 2 va de lo evocativo a lo autorreflexivo, de lo metafórico a lo mítico, todo entre cierto humor paródico que tiene un aire de familia con la serie B (reflejada por “Stab”) y, por supuesto, salvajes puñaladas, más sangrientas y sucias, como la misma película nos dice debe ser toda secuela de horror. (versión modificada del texto publicado en el Diario Cambio, 18/02/1999)