miércoles, 14 de mayo de 2014

La felicidad de vivir (Departures/Okuribito, 2008) de Yojiro Takita

 

Premiada con el Oscar a mejor película extranjera en 2009, La felicidad de vivir es la cinta consagratoria del japonés Yojiro Takita, quien ya había probado un amplio espectro de géneros (desde comedias románticas hasta fantasías épicas). Sin embargo, el título que le conseguiría el éxito mundial sería esta historia sobre un joven desempleado que se ve envuelto en un trabajo improbable y “deshonroso”.

Luego de perder su trabajo como cellista en una orquesta sinfónica, Daigo Kobayashi (Masahiro Motoki) consigue la complicidad de su esposa para viajar a su pueblo natal --la provincia rural de Yamagata-- y buscar empleo. Allí se encontrará con un anuncio de lo que parece ser una agencia de viajes. Ya entrevistado por el Sr. Sasaki, dueño de la empresa (Tsutomu Yamazaki), Daigo se dará cuenta de se enfrenta a una labor que tiene que ver con otro tipo de “partidas”.

El iniciado en las labores fúnebres tiene que enfrentar un doble aprendizaje. Por un lado, debe encarar la burla pública por su nuevo oficio, mientras --gracias a la figura de Sasaki-- aprecia la mística de amortajar muertos. Por otro lado, la reconciliación de Daigo consigo mismo debe pasar por lo más difícil: el perdón al padre --quien abandonó la familia cuando aún era muy niño, y desapareció para siempre--.

A través de una fotografía entre gris y otoñal, de fuerte carga evocativa y nostálgica, así como de una narración transparente y cadenciosa, vemos a Daigo entablar una relación casi filial con Sasaki, caballero de pocas palabras y aire cínico en apariencia, cuya sabiduría es captada por el joven a través de una observación entre fascinada y curiosa. Aquí se hace evidente que el director Takita no se ha dejado entrampar por ese cine de arrastre verbal --tantas veces impulsado por Hollywood, y ciego a actuaciones sutiles como las de Yamazaki, de una expresión gestual elegante y casi al desgaire--.

La felicidad de vivir tiene una unidad de sentido muy compacta. En el fondo, se trata de una película sobre el perdón y la tolerancia --ilustrada, con mucho de humor negro, por la familia que acepta al hijo transexual póstumamente, en medio del ritual fúnebre--. Pero también es un filme que se debate entre la tentación de ceder a la fórmula sentimental más plana, y la exploración de un aprendizaje complejo. Por ejemplo, ver al Daigo ejecutando una sonata triste en la noche de Navidad, o, peor aún, ejecutándola en una montaña de Yamagata, son estrategias que sobran. Sin embargo, la apuesta por la modulación fina de detalles y asociaciones, y el perfil original de algunos personajes es, felizmente, la tendencia mayor.

Imposible no recordar al ya citado Sasaki (Yamazaki fue también actor de Kagemusha, Barbarroja y El infierno del odio, todas de Kurosawa) o a la secretaria y única empleada de la Funeraria, mujer sensible y atractiva, pero de una alegría quebrada que esconde un secreto del pasado --secreto que Daigo, en un inicio, no puede perdonar--. Con ellos se forma una especie de “familia alternativa” de solitarios que han perdido sus parientes, probablemente lo más interesante del filme, junto con la secuencia final, hecha a partir de la memoria, de símbolos visuales y de un clímax mudo. Es en ese momento que el filme --bastante disfrutable y serenamente melancólico, a pesar de sus desbordes sentimentales-- adquiere una coherencia nada simplista ni complaciente, y conquista su peldaño cinematográfico definitivo. (Versión modificada del texto publicado en Somos, 21/08/10) 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Alain Resnais (1922 - 2014)


Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis, 2013) de Joel y Ethan Coen




Parcialmente basada en las memorias del desaparecido Dave Van Rock, Balada de un hombre común presenta a Llewyn Davis (Oscar Isaac), cantautor de música folk que trata de labrar una carrera en los barrios bohemios de Nueva York. Este punto de partida  es, también, una excusa para que los hermanos Coen nos sumerjan en una crónica llena de desconcierto, rabia, ternura y frustración.

Ya es conocida la facilidad con la que los Coen pueden crear atmósferas sugestivas. El humor, y el absurdo, conviven armónicamente en el camino de personajes frágiles, hasta algo inocentes, determinados a sobrevivir en un mundo kafkiano y algo siniestro. Es el caso de este joven artista que, ante el constante rechazo de los agentes y empresarios de la música, va perdiendo la esperanza. A esto se suma su también complicada relación con sus eventuales parejas y su propia familia. Con estos elementos, los Coen enhebran una narración pausada y elusiva, siembran el camino de su héroe con situaciones que parecen repetirse –y logran transmitir esa amenaza de de no escapatoria ante el fracaso–. Lejos de remarcar el dramatismo, este se destila como un perfume misterioso entre sus imágenes. El resultado es un filme sentido, contenido, lleno de personajes enigmáticos y fugaces –como el excéntrico y autodestructivo músico de jazz que interpreta John Goodman–. En fin, a esta Balada… le sobran méritos para ser una de las películas más bellas y trascendentes de los hermanos Coen, junto con Barton Fink, o Sin lugar para los débiles. (En: Somos, 15/03/14)

viernes, 7 de febrero de 2014

Eduardo Coutihno (1933 - 2014)


El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013) de Martin Scorsese



Luego del homenaje a la infancia que fue La invención de Hugo Cabret (2011), Scorsese decidió retornar a otro fuero que conoce bien: el de un mundo adulto, violento y corrompido. Ese que también es el de Estados Unidos de América hoy en día. A fin de cuentas, cuando Scorsese decide contar la historia de un hombre –como lo hizo en Casino o Pandillas de Nueva York– también captura, a escala épica, el espíritu de una cultura y de una época.


En el marco de su filmografía, esta vez las miras deberían estar puestas en Casino (1995), obra maestra de estilo frenético que, como EL lobo… gravita sobre la construcción de un Imperio basado en el pecado, el engaño y el crimen. Y, detrás, el antihéroe, que conoce una caída tan vertiginosa como su estadía en la cima del poder, el sexo, y las drogas.  Es el caso del magnate de Wall Street Jordan Belfort, personaje muy logrado gracias a la actuación de Di Caprio, pero también a la dirección obsesiva de Scorsese, cuya cámara puede observarlo arrastrándose en medio de una sobredosis mortal durante varios minutos, y afrontando una tempestad bíblica en pos del dinero que puede escapársele de las manos. Y, aunque no es una cinta particularmente novedosa para el director de Toro salvaje, no se puede dejar de admirar su coherencia e intensidad: incapaz de deshumanizar a su protagonista, el filme se atreve a mostrar, con el humor y voluptuosidad que amerita un universo absurdo y casi surreal, los fastos más cínicos y decadentes de su sociedad. (En: Somos, 01/02/2014)