sábado, 22 de enero de 2011

Tras el ensayo (1984) de Ingmar Bergman


Luego de Fanny y Alexander (1982), Bergman solo hará largometrajes para la televisión, la mayoría de los cuales comparten motivos como los del teatro, el cine primitivo, la representación y el fracaso de la misma, o los fantasmas y ajustes de cuentas que preceden a un último suspiro. La mayoría de estas cintas usan un par de escenarios siempre interiores y giran en torno a duelos recriminatorios entre dos personajes. En este caso, de trata de un viejo director (Erland Josephson) y su actriz (Lena Olin), la joven hija de un antiguo amor (Ingrid Thulin).

El tono melancólico está menguado por una comunicación violenta, y eléctrica, que recorre las tablas donde el dramaturgo piensa, recuerda, y discute. La voz en off interrumpe los diálogos en curso, y muestra la otra cara la interior del hombre, en un juego que revela al personaje a través de sus discursos diferidos, sus opacidades el rostro también es máscara, centro de observación que obstaculiza algo que no se puede decir, mostrar o fracturas que hay entre lo que contiene y libera. 

El director reflexiona con amargura, y resiste ante los embates de la actriz. Pero los momentos más intensos se los lleva el enfrentamiento con la madre (Thulin) de la joven, quien irrumpe como un fantasma que seduce, se derrumba, explota con ataques de histeria. Ella pretende sacar al artista de su indiferencia a través de chantajes, manipulaciones, y esfuerzos tan desesperados como inútiles. En el fondo, las dos mujeres son la misma, y el hombre sigue siendo la figura dominante que parece permanecer como espectador, como demiurgo de la representación, pero signado por una profunda amargura y decepción.

Bergman vuelve con agresividad sobre materias que disecciona con destreza: el tormento de las relaciones familiares o conyugales que regresan como deudas inevitables o enigmas fatales, por un lado; y, por el otro, la cadena ontológica que empieza en los roles sociales, continúa en la representación de los mismos -extraña sublimación y disolución de papeles que logra la puesta en escena o la teatralización cotidiana-, y termina en el enmudecimiento, en el límite de un rostro que lleva hacia la mudez, a la expresión discursiva o interior. Tras el ensayo es una obra maestra de gran intensidad y complejidad, hecha en un solo escenario y en un solo acto. (Versión modificada del texto publicado en Godard! Nº 14, diciembre 2007)