lunes, 17 de enero de 2011

Más allá de la vida (2010) de Clint Eastwood


Más allá de la vida entrecruza tres historias, unidas por experiencias íntimas con la muerte: la de Marie Lelay (Cecile de France), conductora de la TV francesa que, en una estadía vacacional, sobrevive a un desastre natural; la de Marcus (Frankie y George McLaren), niño londinense enfrentado a la pérdida de su hermano gemelo; y la de George Lonegan (Matt Damon), atribulado “vidente” de la clase trabajadora estadounidense, con la capacidad de escuchar a los allegados fallecidos de las personas que conoce.

Desde un principio, llaman la atención los planos dilatados, el reposo envolvente de las tomas, la delicadeza de los encadenamientos (pauteados por sencillas melodías de piano), y las tomas, panorámicas o aéreas, que nos acercan a cada cambio de historia. Todo esto transmite, por momentos, la sensación de un punto de vista narrativo que está más allá de la rapidez de la vida práctica, de una “mundanidad” donde todo tiende a volverse mercancía, a banalizarse.

Resulta que esa es, también, la perspectiva de los protagonistas. George debe lidiar con su hermano, quien  le propone sacar partido de su capacidad psíquica y emprender un negocio lucrativo -sin atender a sus angustias por no ser alguien “normal”-. Marie, por su parte, se siente ajena a la lógica laboral. Ella descubre que, más que una persona, era considerada una “imagen”-los emplazamientos de la cámara nos remiten, más de una vez, a una visión crítica frente a los avisos publicitarios que estelariza.  


No es que los protagonistas sean “santos” y el resto “villanos”. De alguna forma, el desconcierto de la mayoría, hacia estos tocados por la pérdida y la conciencia de la mortalidad, es entendible. Y es que el filme abre puertas de sensibilidad que dejan atrás las formas sutiles de engaño, de instrumentalización , que hacen el día a día –aspectos que son vistos, conforme avanza el metraje, de forma más distante y crítica: en la búsqueda de su hermano, Marcus prueba a todos los farsantes que fingen ser videntes, y se topa con un mundo “falso” -el mismo con que se toparon George y Marie.

Lejos de personificar las miserias de la vida en un “villano” o "antagonista" -lo que nos llevaría hacia la fábula o el mito- Eastwood hace una mirada transversal a la realidad, observación cargada de compasión y ternura. No importa ya si debemos aceptar que George se comunique con los muertos, o de si hay otro mundo más allá de la vida. Lo que está detrás de los destinos cruzados no es la “prueba científica”, sino una necesidad de comunicación, de establecer un vínculo que sustituya la incomprensión familiar y social, la soledad radical.

Muchos aspectos del filme son ricos en connotaciones fundamentales. Por ejemplo, el tsunami de la -magistral- secuencia inicial, es la necesaria apertura que pone, en primer plano, la condición contingente y frágil del ser humano -que luego da paso a la tragedia de los gemelos, sin duda la historia más conmovedora de las tres. Más allá de la vida vuelve sobre algunas de las constantes del cine de Eastwood -el vínculo entre los incomprendidos y solitarios; o el rechazo de la hipocresía, del materialismo- pero con un dramatismo sosegado, y desde una sensibilidad menos oscura, más cerca de “estados de gracia”, de revelaciones existenciales, de una compasiva y omnipresente mirada -que no por luminosa, es menos fascinante, compleja y profunda. (Somos, 15/01/2011)