jueves, 13 de enero de 2011

Portadores del mal (2009) de Álex y David Pastor


Portadores del mal mezcla la película de carretera, el western futurista, y el horror, sin dejar de lado una subtrama dramática centrada en la relación de dos hermanos. Apertrechados en una camioneta, y agobiados por la necesidad de renovar la provisión de combustible que les permita seguir su camino, Danny (Chris Pine) y Brian (Lou Taylor Pucci) atraviesan calurosos territorios baldíos en un incierto momento del fin de la Historia.

Se ha hablado mucho de la habilidad de los realizadores (los catalanes Álex y David Pastor) para evitar caer en los tópicos de los zombies. Y es que en este viaje solo hay infectados, o posibles infectados que van a morir; algo más cercano a la paranoia generada por la última pandemia mundial, que a la alegoría política donde la humanidad  -masa autómata y depredadora- se vuelve eco de los llamados “muertos vivientes”.

La de Portadores del mal es una propuesta más realista que fantástica, más clínica que metafórica. Los realizadores aprovechan bien la amenaza física -y a la vez invisible- que supone el contagio del virus -que está en todas partes, y se esparce por el aire-. Por otro lado, la solidaridad, o compasión, se hace más difícil cuando la mínima concesión significa pasar del lado de los virtualmente muertos -algo que el filme lleva hasta las últimas consecuencias.

Un momento paradigmático: como una forma de ganar un poco de gasolina, el grupo de jóvenes se ve en la obligación de llevar a dos infectados -un padre y su pequeña hija- en el asiento trasero de la camioneta, por lo que tienen que sellar el compartimento con cinta aislante: sobrevivientes y víctimas separados, apenas, por una malla de plástico transparente. Toda la película se estructura a partir de este tipo de relaciones deshumanizadas y riesgosas, donde los protagonistas deben purgar sus sentimientos propiamente “humanos” -incluso los que se deben a la pareja, o los que unen a los propios hermanos.


La odisea también presenta una lógica perversa que nos hace ver cómo las situaciones límite invierten los papeles. Danny, el hermano menor -quien representa el modelo “civilizado”- se enfrentará, luego, a su propia indiferencia frente al mayor. Y es que las actitudes que parecen reprobables y egoístas, en los otros, son, luego, asumidas como propias. Incluso, las acciones del temperamental Brian (Chris Pine ofrece, de lejos, la mejor actuación del grupo), el líder, siempre resultaron ambiguas: por un lado, despiadadas, pero por otro lado, justificadas.

Portadores del mal cuestiona, incesantemente, los límites de nuestra balanza moral. Es un filme post-apocalíptico cruel pero, sobre todo, ético: el contacto físico se hace dramático, los mecanismos psicológicos de justificación de las acciones -y de negación de la realidad- se ponen, constantemente, a prueba. A la vez, los Pastor proponen paradojas impulsadas por el azar, y escenas de una violencia perturbadora, como aquella del encuentro con dos ancianas dispuestas a todo por seguir su camino.

Con una escritura visual hiperrealista, y la absorción de un imaginario fílmico que toma de Mad Max y, en menor medida, de filmes como Exterminio de Danny Boyle, el planteamiento de Álex y David Pastor consigue buenos resultados. Si bien estamos ante una serie B hecha a partir de códigos genéricos de fácil consumo, sin estrellas, ni mucho presupuesto, el talento de los directores hace que este sea uno de los mejores estrenos del año.  (Somos, 23/06/2010)