martes, 18 de enero de 2011

Traición y lujuria (2007) de Ang Lee


Basta ver La tormenta de hielo, Secreto en la montaña o Traición y lujuria, para no tener dudas de que Ang Lee es un maestro del cine contemporáneo. Como muchos otros cineastas orientales, su cine se caracteriza por un elegante estilizamiento visual. Sin embargo, lejos de caer en el preciosismo vacío, sus apacibles imágenes esconden una corriente subterránea de pasiones que pugnan por salir a la luz. Los protagonistas se convierten en víctimas de un tormento fatal, y llegan a transgredir la moral que defendían en un principio -la que les proporcionaba su identidad.

En Traición y lujuria el escenario es la Shanghai de principios de los años cuarenta, cuando los japoneses la habían ocupado. Mr. Yee (Tony Leung) es uno de los más importantes líderes chinos colaboracionistas, mientras que una joven estudiante de teatro, Wong Chia (Wei Tang), integra las filas de una resistencia clandestina -conformada por un puñado de inexpertos, pero decididos universitarios.

Desde un inicio, llama la atención el cuidadoso retrato de época y, no menos que eso, la prolija escenificación de una cultura, los rituales familiares, y la manera en que se definen los papeles sociales. Eso ya hacía reconocible el universo de Lee en La tormenta de hielo -donde se describía la familia norteamericana de clase media de los años setenta- o en Sensatez y sentimientos -donde la mirada estaba puesta en la sociedad inglesa del siglo XIX-.

  
Es así que, en medio de la costumbre cotidiana del juego de cartas y el té de la esposa de Mr. Yee, una nueva invitada impone su presencia -dulce, pero extremadamente seductora. Ella es Wong Chia, quien, para captar la atención de Yee, y poder recabar información, se hace pasar por una comedida dama oriental. Lo que la joven no imagina, sin embargo, es que lo que en un primer momento parecía ser un mero juego de seducción y espionaje, se convertirá, luego, en una pasión que invadirá su ser hasta minar la raíz misma del autodominio y firmeza en los objetivos trazados.

Estamos ante un arte especialmente insicivo para analizar la forma como la joven, y el oficial, tienen que lidiar con las exigencias de sus propios roles; para ver la perturbación constante que los acecha por la mutua atracción que sienten, por tentar una aproximación que se percibe siempre instintiva e intensa -pero nunca falsa.

Lee filma con énfasis las atmósferas atiborradas de Shanghai. Aprovecha la lluvia, y las habitaciones acogedoras, e impregna de un fuerte grado de sensualidad e intimidad a las estancias. Son dominantes las texturas suntuosas y los colores cálidos, sobre todo el rojo, que terminan por proporcionar aún más pasión y energía sexual a esta historia fascinante y algo cruel.

El camino de Traición y lujuria es imprevisible, como también son los actos aparentemente irracionales de personas atormentadas, antihéroes que tratan de no tirar, por la borda, una serie de compromisos aprehendidos -y que proporcionan la tan ansiada legitimidad social. Lo que Lee nos invita a descubrir, con el cine, son esas otras razones que están más allá de lo que piden los demás, y que, a veces, no se pueden explicar con palabras. (Somos 04/10/2008)