sábado, 8 de enero de 2011

El cielo gira (2004) de Mercedes Álvarez


En El cielo gira, se cuenta el retorno de la cineasta española Mercedes Álvarez –antigua colaboradora de José Luis Guerin, maestro del género- a Aldeaseñor, su pueblo natal, ubicado en los páramos altos de Soria, y que hoy tiene solo catorce habitantes. Su estadía va de la mano con la del artista Pello Azketa, quien se está quedando ciego, y quiere pintar su último cuadro en el pueblo olvidado. De esta forma, la directora nos va llevando, con su voz en off, por un recorrido evocativo y develador, traspasando la memoria y la geografía del lugar, a lo largo de todo un año.

La de Álvarez es una mirada que se propone descubrir un espectáculo maravilloso: el transcurrir de la vida en una dimensión paralela, aislada de la modernidad, donde innumerables mitos y fantasmas están presentes con cada confesión de los lugareños, con cada loma desierta o árbol solitario que guarda alguna historia para contar, y cifrar así el paso del tiempo.

Si bien Álvarez está presente con su voz -lo que da a la película el tono de crónica de viaje que se hace por un motivo íntimo y personal-, esta solo se limita a hilvanar una estación con otra, para dejar que sean los mismos residentes los que conversen como en cualquier otro día, como si la cámara no estuviera allí, cuando lo que vemos parece retratado en toda su espontaneidad y frescura. 
 
Pero este es un universo secreto que no solo pertenece a los ancianos que viven allí. También es un territorio amplio y seco configurado por las marcas que dejó una historia inmemorial: las huellas del paso de los dinosaurios, los vestigios de los celtiberos, las ruinas de la ocupación romana, un castillo árabe abandonado hace muchos siglos... La cámara se detiene para observar los restos y su materia desgastada, mientras se escuchan las leyendas, preservadas por ese envejecido grupo humano, que se resiste a morir. Un recorrido que convierte a ese espacio en recuerdo vivo, en gran monumento que, por todas partes, exhibe los efectos de la erosión, la impronta del tiempo.


Por otro lado, acorde con el transcurrir lento y cíclico de las estaciones del año, El cielo gira propone, de principio a fin, su propio equilibrio contemplativo. Por eso compone sus secuencias a partir de planos fijos, de una fotografía que transparenta el oleaje de la luz, y prescindiendo de música, para evitar cualquier asomo de algún efecto emocional externo, que rompa la armonía.

Sin embargo, no hablamos de una cinta fría, que carezca de un conflicto. Por el contrario, se siente un poderoso aliento dramático gracias al paralelismo y final convergencia entre el pueblo, que poco a poco va muriendo -ahí están los molinos de los parques de energía eólica, los hoteles prefabricados que se edifican sobre la aldea-, y la ceguera que, progresivamente, va nublando los ojos de Azketa

En El cielo gira palpita el latido de la última captura, el último registro de algo que pronto va a desaparecer, indefectiblemente. Y esa acción serena, detallista, de filmar lo que se extingue, resuena como eco y metáfora en el paisaje austero que el pintor decide plasmar, fijar, en su último lienzo. Un final que no solo sintetiza la forma en que ha trabajado Mercedes Álvarez. También se constituye en una reflexión sobre la naturaleza del arte, y del cine mismo. (Somos, 03/09/2005)