martes, 11 de enero de 2011

Miami Vice (2006) de Michael Mann


Luego del éxito de Colateral, Michael Mann decidió convertir la popular serie de TV Miami Vice, de la que él fue productor ejecutivo, en una película de su autoría. Para eso, se reencontró con Anthony Yerkovich, guionista de la serie, y revivió la mitología de Sonny Crockett y Ricardo Tubbs, interpretados esta vez por Colin Farrell y Jamie Foxx. Ahora, estos dos agentes especiales de la policía de Miami se infiltran en una red de narcotraficantes colombianos liderados por el siniestro Jesús Montoya (Luis Tosar) y su bella esposa Isabella (Gong Li).

Se equivocan quienes pretenden ver una puesta al día de la serie. En esta Miami Vice ya no queda nada del límpido glamour de la TV, o de su narración clara y pausada. Por el contrario, estamos ante una especie de película de guerra, sucia y futurista. Y allí vuelven, con una fuerza redoblada, los temas que siempre obsesionaron a Mann: el duelo entre el hombre de ley y el criminal; ese reducto ambiguo en el que se identifican los dos lados; y, finalmente, la apuesta moral -no exenta de matices románticos- que se desmarca por encima de los compromisos grupales o institucionales.

Miami Vice es una odisea donde la intensidad es tanto física como mental. Tubbs y Crockett deben pensar como sus presas, deben actuar y hablar como ellos. Y de allí, a que se pongan en juego afectos irreprimibles entre ambos bandos, hay un paso. En ese sentido, es clave el personaje de Isabella, mujer fatal de quien Crockett se prenda para establecer una complicidad difícil -que termina comprometiendo el objetivo de cada círculo al que pertenecen, el del hampa y el de la policía.


Como telón de fondo, una geografía inabarcable, que no se limita a la ciudad, sino que se extiende a las bahías, las islas (Cuba, donde viajan Crockett e Isabella), los litorales, los mares, hasta los continentes (Sudamérica, donde se realiza una de las misiones más peligrosas). Lo que resulta es una especie de universo que tiene más de sideral que de urbano, y que roza la ciencia ficción.

Pareciera que Mann filmara a la manera de un expresionismo abstracto hecho de chorros de colores cálidos y fosforescentes, lo que da un efecto lírico y narcótico a la vez. Los desplazamientos de los detectives se registran con tomas vertiginosas, evitando siempre el eje horizontal y cualquier punto de equilibrio. También tenemos encuadres aberrantes y cielos dantescos, una narración veloz llena de elipsis desconcertantes, y el montaje febril de los planos cercanos y nerviosos que acompañan a Crockett.

El resultado: una historia violenta y operática, o un espectáculo algo oscuro y confuso, pauteado por coreografías sangrientas en cámara lenta que recuerdan a las del Peckinpah más brutal. Y, en medio de todo, una belleza salvaje, una que surge con los crepúsculos abismales y el oleaje espumoso del Atlántico, con el rock de Chris Cornell, con los rojos, amarillos y azules que encienden como llamas de fuego la superficie plana y terrosa que proviene del (o imita al) video digital. Miami Vice es un blockbuster fracasado -por lo menos según las taquillas norteamericanas-. Sin embargo, diremos que es un fracaso para mayor gloria del arte. (Somos, 13/10/2006)