domingo, 2 de enero de 2011

La red social (2010) de David Fincher


“Ciudadano Zuckerberg” han llamado, algunos, a esta oscura elegía sobre el creador de Facebook. Razones no faltan. Al igual que en Ciudadano Kane, de Orson Welles, se trata de identificar un enigma que parece escabullirse, de navegar por el pasado para desenmarañar una vida, un misterio. Todo a partir de una excusa: en la cinta de Welles, la investigación partía de la palabra pronunciada por Charles Foster Kane antes de morir. En La red social, la excusa es menos literaria: como parte de las mesas de negociaciones -que evitarían cruentas demandas judiciales- Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg), el multimillonario más joven del mundo, responde las preguntas, hechas por los abogados, de aquellos que salieron perdiendo en su carrera por el éxito. 

Uno de los puntos que han hecho de La red social el filme potente y fascinante que es, recae, precisamente, en su montaje, en su estructura narrativa hecha de vueltas al pasado con las que, sin embargo, los espectadores tienen que especular: diálogos e imágenes ofrecidas para ser discutidas, cotejadas, interpretadas, siempre en función al enigma de base. Las mejores películas de Fincher (por ejemplo, sus otras dos obras maestras: Pecados capitales, y Zodiaco) son retos tanto intelectuales como emocionales -de una complejidad difícil de encontrar en una industria cada vez más hipotecada a gustos “adolescentes”.

Así, si en Pecados capitales y Zodiaco partíamos de un homicidio, en La red social lo hacemos de una zona oscura, de un hecho luctuoso. Y, también, como en el caso de los filmes sobre serial killers, es difícil distinguir quién es el villano. No solo sabemos que cada escena del pasado conducirá a la fatalidad. Todo está cargado de ambigüedad. Y, por otro lado, es como si toda la indagación escondiera ciertos signos, o señales crípticas (los mensajes cifrados del asesino del Zodiaco; el código bíblico en Pecados capitales; y, en el caso de Zuckerberg, algunas de sus palabras, gestos y actitudes que pasaron desapercibidas en un primer momento, pero que luego iluminan la lectura del proceso): un aura misteriosa y amenazante se cierne sobre cada escenario, cada sospechoso, testigo, o víctima. 


Pero no se crea que La red social es “negra”. A diferencia de sus anteriores filmes -El curioso caso de Benjamin Button puede ser la excepción-, aquí Fincher tensa una dirección que equilibra la comedia -muy sutil y hasta “flemática”, como ilustran los gemelos Vinklevoss (Armie Hammer), correctos y eternos rezagados de la contienda-, el drama -donde puede hallarse lo más interesante, centrado en la malograda amistad de Zuckerberg y su socio, Eduardo Saverin (Andrew Garfield)-, y la pesquisa “judicial”.

Y, efectivamente, como decíamos líneas arriba, más allá de la factura impecable de la cinta, en todos sus aspectos (guión, elenco, montaje, dirección artística, etc., precisión y perfeccionismo que no pasarán inadvertidos para la Academia), lo que hace de La red social un filme perturbador recae en que la verdad, detrás de la indagación, no es más que la desgracia íntima del hombre más poderoso. ¿A costa de qué precio se conquista el mundo?, ¿qué venganza es la que explica el enigma de Kane, y el enigma de América? eran algunas de las preguntas de Welles en su opera prima. Pues el enigma del ciudadano Zuckerberg, y de la nueva sociedad que lo rodea, no es menos apasionante y complejo. (Somos 11/12/2010)