miércoles, 2 de febrero de 2011

El escritor oculto (2010) de Roman Polanski



En este thriller el protagonista (Ewan McGregor) no tiene nombre, nunca se pronuncia. Es un escritor a sueldo a quien le gusta referirse a sí mismo como “el fantasma”, en alusión a su condición oculta de “negro” literario, de “ghostwriter”. Y es que él es, también, una figura sin presencia en la Historia. Todo lo contrario a su cliente, Adam Lang (Pierce Brosnan), Primer Ministro británico cuya vida guarda más de un secreto por descubrir.

Del ciudadano anónimo al hombre público y poderoso, una de las virtudes del filme y una de las menos ostensibles también quizá recaiga en la soltura con que Polanski ha a dirigido a sus actores un rasgo distintivo de su cine, a fin de cuentas. Frescura que contribuye a ese deslizamiento constante de apuntes cómicos solo falta recordar una de las primeras secuencias: la deliciosa reunión de McGregor con los jefes de la editorial que hacen aparecer como inofensiva, y próxima, una experiencia que, poco a poco, se va haciendo más oscura. Aspecto siniestro que empieza con la alusión a la sospechosa muerte del anterior “fantasma”, hasta las conexiones del ministro con un control político que viene de otro país.

A primera vista, la huida del exterminio nazi del músico Szpilman (Adrien Brody, en El pianista, 2002) no tiene mucho que ver con las andanzas de nuestro escritor. Pero ese es un error, si se mira solo superficialmente. Polanski es un maestro del cine porque domina, como nadie, el arte de la elusión visual, la muestra parcial, el “fuera de campo”. Se trata de ver y no ver, de sugerir una presencia maligna que escapa al campo de observación, de sugerir la omnipresencia del Mal. 

Como le sucedía a la Sra. Woodhouse (Mia Farrow) en el edificio poseído de El bebé de Rosemary (1968), o al mismo Szpilman, en el departamento abandonado donde podía escuchar las matanzas pero no verlas completamente, McGregor está atrapado en el islote del político británico, donde todas las presencias (desde la secretaria, hasta los menudos sirvientes orientales) parecen esconder una función vigilante y delatora.

Estamos, pues, dentro de una poética del “engaño”, donde un protagonista, del que no sabemos mucho la mayoría de héroes polanskianos parecen tener una cualidad “transparente” o infantil, casi exenta de cualquier turbación o pasado que los haga un tema en sí mismo, desde la Mia Farrow de El bebé de Rosemary, hasta el Hugh Grant de Luna de hiel (1992), pierde la inocencia, y se enfrenta a la soledad radical.



Sin embargo, es la soledad la que hace surgir una necesidad de establecer vínculos decisivos en la aventura de descubrimiento de un subsuelo infecto y luctuoso: el héroe, atrapado en una red de “actuaciones” interesadas, parece acceder a cierto rostro “humano” del corrupto. Y más que el personaje del político, habría que mencionar el de Ruth Lang (Olivia Williams), su mujer, quien, como el Fagin (Ben Kingsley) de Oliver Twist (2005) uno de los filmes más bellos del director polaco, resume una mezcla de seducción, cariño, y manipulación, respecto al protagonista. Lo extraordinario es que Polanski nos acerca, realmente, a una duda esencial: ¿qué afecto sincero llegó a desprenderse de Ruth Lang, del viejo Fagin, o del Oscar (Peter Coyote) de Luna de hiel? ¿cuál es la verdadera naturaleza de ese vínculo o complicidad? ¿qué reducto de humanidad conoció “el fantasma”?

Finalmente, con este escritor a sueldo también reconocemos a personajes no solo “transparentes”, sino también vulnerables, muy a menudo entre lo último de la pirámide social. Como a Spilzman, al que le quitan todo, su nombre, su ropa, y se convierte en menos que nada, en nadie. Son víctimas sin ninguna cuota de poder: lo que les queda es sobrevivir. Es lo que pasa, por último, con Oliver (Barney Clark), niño de la calle engañado y utilizado por los hampones de los barrios bajos del Londres del siglo XIX. 

Esta vez, Polanski ha vuelto a filmar una Inglaterra neblinosa. Pero Oliver ha crecido. Ahora, escribe la biografía de un ciudadano “ejemplar”. Y lo que no sabe es que los embaucadores y falsarios ya no serán los usureros, los vividores de las cloacas de la ciudad, sino los hombres más poderosos del mundo, los gobernantes de cuello y corbata, coludidos en un plan que va más allá de las fronteras. El escribidor trata de creer en lo que ve. Aunque todo, a pesar de su aire familiar, se vea tan extraño como esas paredes de vidrio, transparentes, por las que observa al ministro hacer sus ejercicios diarios. En efecto, todo parece translúcido en esta estancia, en ese puerto sin habitantes, pero todo es opaco, imprevisible, y trágico. De la metafísica a la política, con una clara alusión a Tony Blair y algo más, El escritor oculto no deja de ser una exaltación de los poderes más sutiles del cine.(En Godard! Nº 27, marzo 2011)