domingo, 13 de febrero de 2011

El cisne negro (2010) de Darren Aronofsky

 

Al igual que Mickey Rourke en El luchador -la anterior cinta de Aronofsky- , el de Natalie Portman es un tour de force interpretativo. Sin embargo, si la cruzada de Rourke se hacía en las calles de la clase trabajadora, El cisne negro está hecho, casi exclusivamente, en interiores. Y si la historia de la bailarina neoyorquina es claustrofóbica, no se debe solo a esa pequeña habitación resguardada por una madre posesiva, sino a una cámara que nunca deja a su heroína, y que da forma a un encierro mental lleno de alucinaciones, desequilibrios nerviosos, paranoia, desesperación.

Por esto último, la cinta está a caballo del drama psicológico y el cine de terror. Un espiral descendente hacia los infiernos de la competencia, el martirio y la obsesión. Y es que la ballerina accede a un reto cruel: debe negar su expresión natural, armoniosa y virginal, para interpretar la voluptuosidad y desenfreno del “cisne negro”, como se lo pide el maestro LeRoy (Vincent Cassel). En el fondo, se trata, también, de un relato operático y casi expresionista, filmado con un realismo crispado y pesadillesco -que, a veces, está a punto de ser algo reiterativo o subrayado-, donde se pone en tensión una identidad angustiada por su propia sexualidad. Reto paradójico porque, de alguna manera, es el reflejo de otra conversión, esta vez lograda por Aronofsky con  Portman -alguna vez figura de la belleza inmaculada y dulce-, al transformarla en una verdadera actriz, en una mujer exenta de glamour y “bajo la influencia” de una desgarradora violencia interior, como hubiera dicho John Cassavetes. (Somos, 12/02/2011)