lunes, 21 de febrero de 2011

El asesinato de Jesse James (The Assassination of Jesse James by The Coward Robert Ford, 2007) de Andrew Dominik


Andrew Dominik es un realizador australiano que apenas contaba con un largo (la celebrada Chopper, 2000) cuando pasa a dirigir este fresco sobre Jesse James, legendario forajido de fines del siglo XIX, héroe popular y emblema del espíritu rebelde que caracterizaría la figura del cowboy americano. 

Sin embargo, lo de Dominik no es la acción al viejo estilo, ni una revisión crepuscular del género -como fue el caso de Los imperdonables de Clint Eastwood-. El asesinato de Jesse James es, más bien, heredera del cine contemplativo de Terrence Malick (La delgada línea roja); exploración fílmica que, con una fotografía exultante, hace el estudio poético de una geografía y un puñado de personajes –fronterizos y condenados a suertes luctuosas y paradójicas-. 

Pero, ¿cómo filmar un mito? La película -basada en una novela de Ron Hansen- está contada desde los ojos de Robert Ford (Cassey Affleck), chico de 19 años que fue parte de la banda de James (Brad Pitt). Su título original (“El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”) desestima cualquier pretensión por crear alguna intriga o “suspenso”, puesto que sabemos, desde un principio, quién morirá y quién será el asesino. Sin embargo, además de hacer una declaración de principios en cuanto a los fines del cine, el título pone en primer plano a un personaje denostado por la Historia y reúne todas las características de un Judas: discípulo y fervoroso admirador, a la vez traidor y victimario.


Pero este Robert Ford es más complejo, la película lo convierte en protagonista absoluto. Ford, el chico que debiera merecer el odio del público, es interpretado por un Casey Affleck que parece haber nacido para dar vida a este adolescente torpe e ingenuo, ambicioso e idólatra hasta lo irrisorio, afectado por risas falsas y quebradizas,  aires de dignidad que solo sirven para merecer la burla de los compañeros.

Por otro lado, Brad Pitt sorprende como un hombre paranoico que lucha por librarse de su propia leyenda, pero que sucumbe indefectiblemente ante ella: sonámbulo que ensaya raptos de histeria y violencia, no puede confiar en nadie, y carga con una soledad exasperante. Dominik confecciona, cuidadosamente, los hilos invisibles que se tienden entre la pareja estelar -el héroe fascinante frente al tonto patético, el vaquero temible frente al perdedor desencajado-, personajes que se vampirizan mutuamente -el primero utiliza al segundo como servidor, mientras el último estudia a su modelo para eventualmente convertirse en él-, y terminarán siendo ultimados el uno por el otro.

El asesinato de Jesse James no solo fascina por la hilvanación del drama en medio de la observación de comportamientos y caracteres. Se trata también de un filme que presenta, a las tierras sureñas, como un paraíso luminoso, en contraste con la oscuridad de los personajes. Por último, mencionaremos su estética de visiones pasadas por filtros que distorsionan la imagen, para proporcionarnos una calidad hipnótica de evocación y sueño  -jugando a otro nivel con el contraste entre realidad y mito, humanidad caída y paisaje celestial. (versión modificada del texto publicado en Somos, 12/04/2008)