domingo, 26 de diciembre de 2010

Un hombre en apuros (1986) de John Cassavetes


Poco después de empezado el rodaje, Andrew Bergman renuncia a la dirección de Un hombre en apuros, por lo que uno de los actores protagónicos, el gran Peter Falk, decide llamar a un viejo compinche para que se haga cargo de la realización. Así, la última película de Cassavetes fue un regalo póstumo imprevisto, el favor a un amigo, una lección de cómo no tomarse tan en serio y contrabandear todo lo que se puede a través de un filme que, en un principio, estaba destinado a ser una comedia más del mainstream.

El resultado es más original de lo que se cree, y está lejos de ser indigno del autor de Faces. Un  vendedor de seguros (Alan Arkin) está agobiado por las deudas y la imposibilidad de pagar los estudios universitarios de sus hijos. Leonard Hoffman parece un tipo sensato, pero ante la situación que le toca -por la que podría hacer cualquier cosa, como buen héroe cassavetiano-, tiene que lidiar con acontecimientos que lo sobrepasan, como cuando participa en un supuesto plan criminal instado por la delirante esposa (Beverly D’Angelo) de un extravagante personaje (Peter Falk). 

Ya desde el principio, la película juega a difuminar las fronteras de lo real y lo irreal, la cordura y la locura, la comunicación y la incomunicación. Todos, en esta banda liderada por Falk, se ven llevados por torrentes verbales a veces sin sentido y sin fin, mientras que el agobiado Hoffman experimenta, también, su propia parálisis o petrificación frente al caos y lo absurdo de los sucesos. Un hombre en apuros exacerba, así, la lógica de la screwball comedy, solo que desde ese hiperrealismo alucinado tan caro al autor. Pero no solo eso. Podría decirse que en esta película “menor” se dan cita -de forma celebratoria y más relajada- casi todos los motivos y rasgos de estilo de Cassavetes: un personaje de la clase trabajadora que enfrenta una odisea imposible hasta el último aliento, la formación de una familia "alternativa", la teatralización y el espectáculo (porque la pareja de timadores D’Angelo-Falk entablan una perpetua puesta en escena por donde van, con maquillaje y disfraces incluidos), en fin, el cuerpo histérico y lo irrisorio como grandeza de lo humano. 

Un hombre en apuros no pretende ser una gran película; prefiere ser un epílogo entrañable, un guiño desenfadado que el director hace, desde la industria, a su propia obra. Cine que se resiste a acabar, que no quiere tener principio ni final, como el flujo de la vida, y como lo demuestra el aviso que aparece luego de los últimos créditos del filme, que dice: THIS IS NOT THE END. (En Godard! Nº 19, marzo 2009)