martes, 28 de diciembre de 2010

Escondido (2005) de Michael Haneke


Un día Georges Laurent (Daniel Auteuil), célebre conductor del más prestigioso programa literario de la televisión, recibe un video sin remitente. La grabación muestra la fachada de su casa, donde se registran las entradas y salidas de toda su familia. Luego llegan más videos y unos tétricos dibujos, que pondrán en alerta a Georges y su esposa Anne (Juliette Binoche), cada vez más preocupados por las misteriosas entregas.

A Michael Haneke (La pianista) le interesa mostrar el violento doblez, la cara oculta sobre la que se asienta la pacífica conciencia de sus protagonistas. En el caso de Georges, ¿qué hecho de su pasado permite interpretar los misteriosos mensajes que llegan a su familia?, ¿qué decide enterrar en su memoria y no volver a sacar a la luz, ni confiar a su esposa?

Guiado por las cintas y dibujos que recibe, Georges va a buscar a su madre (Annie Girardot), y le habla de Majid, ese niño argelino -huérfano de los empleados del hogar- que ella estuvo a punto de adoptar. Sin embargo, habrán más pistas para seguir el caso con otro video, uno donde se muestra el camino que lleva al mismo Majid (Maurice Bénichou) ya adulto, convertido en un personaje enigmático que, además, aportará lo más trágico y terrible de la historia. De esta manera, Georges vuelve a su infancia, desespera y enfurece, y, sobre todo, silencia lo que está de fondo: un acontecimiento secreto que lo atormenta a pesar suyo, y que el espectador conocerá, comprenderá y analizará a medida que avanza la película.


La de Haneke es una perturbadora indagación en la psique de estos personajes. Sobre todo, en la del culto y conspicuo Georges. Y, a través de esta tortuosa exploración -que aísla cada vez más al protagonista, y amenaza con destruir su familia- también surgen preguntas que tienen que ver con el destino de los hombres, cuando a estos les toca pertenecer a una determinada clase social o acceder a una determinada educación. 

En el corazón de Escondido late una denuncia que empieza proviniendo del exterior, pero que luego se vuelve interior: Georges está atrapado por un ojo escrutador que no solo es el de la cámara que filma la fachada de su casa, sino el ojo de su mente, que no puede dejarlo en paz. Por eso, el emplazamiento de la misteriosa cámara vigilante -la misma toma lejana, que registra desde un punto fijo- es el mismo al que se recurre para presentar las escenas del pasado o las imágenes de sueños sobre el pasado -imágenes que no solo funcionan como una interpelación, sino también como una acusación, una condena.

Georges y Majid son personajes complejos y fascinantes, y la relación que se establece entre ellos lleva hasta el límite un drama que solo se puede entender relacionando lo individual con lo social. ¿Georges es una víctima de una culpa infundada o, peor aún, un victimario que se hace más cruel en la medida en que niega su culpa y repudia a Majid?; y, en medio de todo esto, ¿qué innominada violencia, qué lapidario silencio, qué desprecio se articula entre las clases sociales?, ¿qué se juega realmente entre una clase y otra? Por estas preguntas y por muchas otras razones, pocos diagnósticos de nuestro tiempo tan agudos como el de esta obra maestra de Michael Haneke. (Somos, 16/01/2007)