martes, 28 de diciembre de 2010

El espíritu de la pasión (2004) de Kim Ki Duk


Un extraño misticismo recorre la obra de Kim Ki Duk. El sacrificio, el dolor -y la "gracia", a la que se accede a través de ello-, son reformulados con una nueva "sensación", y un nuevo concepto. No se trata de una cuestión religiosa, de buscar un trasmundo, sino de una manera de conectarse con la vida. Es una experiencia que tiene manifestaciones raras, y que podemos conocer a través de la relación entre un maestro y un discípulo. El maestro es el que posee el secreto: una percepción de las cosas, un sentimiento, una forma de ser, un estilo de vida. Una vida misteriosa y libre que atrae al discípulo, quien debe acceder a la misma liberación por vías, a primera vista, incomprensibles. Se trata de una manera de amar que no es la de la burguesía, y que, más bien, se acerca a una ascesis, a una liberación del yo -de ese individualismo monstruoso tan propio del mundo moderno, de Occidente-.

En El espíritu de la pasión el maestro es un joven que recorre los suburbios de Corea del Sur con una motocicleta. Aparentemente, trabaja colgando anuncios en la puerta de casas y departamentos. Pero esa es solo una excusa para infiltrarse en las estancias que han quedado vacías debido a que sus ocupantes se han ido de vacaciones. El misterioso joven se alimenta, se da un baño, lee las revistas, y examina cada objeto. Lava su ropa en una batea, repara los artefactos que hay que reparar. Y todo lo hace tranquilamente, con delicadeza y en secreto, como queriendo preservar todo sin dejar huella, sin que él suponga un deterioro o una alteración de cada hogar que elige.

Kim Ki Duk filma con la misma elegancia y suavidad. La tranquilidad y paz que transmite su estilo se equipara a la de los movimientos de su protagonista. El joven ha encontrado una manera de ser feliz: se toma fotos al lado de los retratos familiares de las casas, fotos que colecciona. Él no quiere morir, sino ser "invisible", no perturbar al mundo, y, a la vez, ser parte de él; "amar" al mundo y "estar" con él, sin imponer una presencia, o un interés particular. Es una aspiración que comparte con otros héroes del realizador coreano, como la niña "prostituta" de Samaria -que ofrece su amor a todos, por el simple deseo de hacerlos felices-; con el hombre misterioso de La Isla -recluido en su pequeño hogar flotante-; o con el monje de Primavera, verano… -cuya vida forma parte de la Naturaleza, sin alterarla-.


Hasta que el joven de El espíritu de la pasión, en una de las lujosas casas donde se infiltra, no se da cuenta de que otra presencia puede ser tan silenciosa como él, y lo observa. Se trata de una hermosa muchacha que exhibe las marcas de las golpizas de su esposo. Ella decide acercarse al intruso. Los dos silenciosos se encuentran, pero no se dicen nada. (Y no dirán anda a lo largo de todo el filme.) El esposo, por su parte, un hombre amargado y neurótico, regresa para seguir maltratando a una mujer que no quiere, o no puede querer. Así empieza esta historia de amor, donde "el maestro" es el joven de la motocicleta, y "el discípulo", la desgraciada doncella que decide escapar con el protagonista -ahora convertido, también, en su salvador.

Kim Ki Duk siempre consigue un efecto de deslizamiento hacia un mundo paralelo. Todos sus protagonistas escapan, o han escapado, de la vida burguesa (o "moderna", como prefiera llamársele). Por eso el ritmo pausado, la observación secreta, silenciosa, que está fuera de la velocidad urbana, del tráfago de esa gran metrópoli contemporánea que es Seúl. La suya es una luz apacible, clara y transparente. Pero enferma. Porque las escapadas de sus héroes no son historias de alegría y felicidad. Son aprendizajes dolorosos y sacrificados que se consiguen a través de la aceptación de lo tortuoso de la ascensión. 

El filme (cuyo título original, Bin Jip, se traduce como Hierro 3) toma su nombre de un tipo de palo de golf que tiene un uso preponderante durante todo el metraje, ya que los personajes lo usan para descargar su violencia, y para vengarse también. A esta tentación no será inmune el joven de la motocicleta. Sin embargo, este "maestro", que ya había probado una forma de ser "invisible" al entrar en las casas deshabitadas, probará una manera superior de invisibilidad luego de salir de prisión. Entonces, ya no necesitará del  Hierro 3 y podrá volver a salvar a su amada. Aquí es cuando Kim Ki Duk sorprende al espectador. La liberación del hombre es también un arte que se aprende, y un pacto secreto. No hay ángeles artificiales en El espíritu de la pasión. El final no deja de ser una prueba más de ese sacrificio elegante y silencioso que el personaje retoma, pero en otro nivel -y atrapado, de nuevo, por la triste doncella que lo atrapó la primera vez. (Godard! Nº 13, agosto 2007)