viernes, 10 de diciembre de 2010

Apocalipsis Ahora! Redux (2001) de Francis Ford Coppola


Al ver Apocalipsis ahora! siempre tuve la impresión de que su trasfondo crítico podía opacarse por el espectáculo que ponía en escena, como si los ribetes surreales de la aventura ganaran un lugar preferencial en la memoria. Ante ese riesgo, se podría decir que, con su nueva edición, Coppola ha hecho a su película más “reflexiva”, ya que profundiza en la tragedia del coronel Kurtz que encarna Marlon Brando.

La de Apocalipsis ahora! es una ascensión que tiene dos partes, dos instancias. La primera es la del viaje de Willard (Martin Sheen) y sus vicisitudes: situaciones de dimensiones delirantes hasta lo alucinatorio. La travesía al interior de la jungla, y la guerra que la atraviesa, es también el proceso de enajenación de sus acompañantes. Es aquí que se desliza un cuestionamiento sobre lo absurdo del conflicto de Vietnam, sobre sus grados de miseria.

Lo asombroso del filme es la manera en que el naturalismo -tan americano-  de la dramaturgia de Coppola hace verosímil una odisea donde todo se ha trastocado, se ha salido de sus límites. Esta primera parte está filmada con un ánimo casi festivo y celebratorio, donde en medio de una realidad tan infernal como maravillosa (desde el punto de vista de la “operática” puesta en escena), la muerte ejerce su dominio de una manera aterradora.

La segunda instancia es aquella en la que Willard se enfrenta a Kurtz. Como antesala a este encuentro, en la nueva versión podemos ver todo el episodio desarrollado en una plantación francesa -en la que encalla la barcaza del héroe. Se acaba el espectáculo de violencia y sorpresa al aire libre. Por el contrario, el filme adquiere atmósferas cálidas e íntimas, y se despliega un monólogo con el que el líder del misterioso clan francés intenta justificar su demencial obstinación -entre nacionalista y anárquica- por no abandonar una porción de tierra y poder en medio del Apocalipsis. Los franceses son como fantasmas que aparecen y desaparecen entre la niebla, y anuncian la entrada al territorio de Kurtz, quien, lejos de construir su propio reino en función a glorias coloniales del pasado -como los europeos-, ha desafiado a los líderes de su país.

Por otro lado, con este nuevo capítulo también accedemos a una etapa más “conversacional”; de donde surgen una serie de cuestionamientos sobre los efectos enajenantes de la guerra, o sobre la moral de quien ha decidido asesinar de la manera más cruel, y fría, para sobrevivir.

Hasta que se produce el encuentro. Para esto, hay que decir que Willard, desde el principio de su misión, está obsesionado con el coronel a quien debe buscar y ejecutar. Como el Michale Corleone de El Padrino o el Rusty James de La ley de la calle, el Willard de Apocalipsis ahora! está fascinado con una imagen paternal y mítica, dueña de su propia ley, figura rebelde de un sobreviviente hundido en una melancólica soledad. Porque ¿No es Kurtz, ese militar que ha impuesto sus propios dominios en medio de un sistema que desprecia por hipócrita y falaz, una encarnación más de "el padrino" Vito Corloene (que interpretó años antes el mismo Brando) como también del hermano mayor (Mickey Rourke) de La ley de la calle?

 
Si Willard es tan frío para asesinar (como lo ha revelado en el trayecto, acabando con la vida a una joven indígena herida accidentalmente), al igual que el mismo hombre que busca, y si ha sido enviado a esa misión tras haber sido chantajeado por cometoer crímenes de guerra (los que también cometió Kurtz); entonces, ¿qué los diferencia?

Willard se convierte en un hombre "que ama y que a la vez mata", como le dijo, inquietantemente, una misteriosa muchacha de la plantación francesa, pero sin habérselo propuesto, y como respuesta, quizá, a su propia sobrevivencia. Kurtz, en cambio, decide asumir conscientemente un papel mesiánico, desde su propia certeza, convirtiéndose en gobernante y señor de su propia enajenación -a la que confiere un estatuto suprahumano-. Kurtz reclama, así, su propia muerte, desde el fondo de una soledad tan oscura como su sufrimiento, tan corrosiva y destructiva como su obstinación.

A diferencia de Willard, el coronel no solo es una víctima. También es un monstruo. Rebelándose contra las autoridades norteamericanas, el mejor soldado de todos crea su propio reino en el corazón del territorio invadido, así como el Padrino regenta a su clan bajo sus propias reglas morales -aunque ya al interior de ese mismo país cuyo sistema está basado en la mentira-. Sin embargo, la verdadera "monstruosidad" de estos patriarcas radica en su frialdad para imponer justicia criminalmente, a propia mano. Los dos han usurpado facultades divinas, haciendo, de su juicio personal, el origen  legítimo del castigo más horrendo, dado el supuesto origen "puro" de su balanza moral.

Kurtz es el reflejo aterrador de Willard, y, quizá, esa sea una de las razones por la que éste se ve resignado a asesinarlo. Hay un aspecto piadoso, pero, también, salvajemente ritual, en el final que le espera a este hombre desquiciado, un rito donde cada uno cumple, consecuentemente, su papel. Es más, lo extraordinario de la última secuencia es, precisamente, la comunicación silenciosa que establecen ambos. El coronel sabe cuáles son los propósitos del soldado y, aún así, lo deja vivir -a pesar de que ha podido ejecutarlo en cualquier momento. Kurtz planifica su propio final como una ceremonia largamente esperada, e, incluso, decide bajo qué mano debe expirar. Se trata de un acontecimiento doblemente redentor: después de su muerte, se han liberado los dos.

Pero cabe elevar la pregunta a otro nivel. Por algo Welles había intentado hacer, al llegar a Hollywood y antes de Ciudadano Kane, su versión cinematográfica de “El corazón de las tinieblas” de Conrad, la misma novela que luego serviría de base para Apocalipsis ahora! Y es que, tanto el ciudadano Kane de Welles, como el coronel Kurtz de Coppola, constituyen metáforas magníficas de una nación que impone, a la fuerza, los designios que surgen desde su propio juicio, cuando sus gobernantes han decidido convertirlo en el más poderoso de todos, como condición de sobrevivencia. Y, por último, Coppola se podría hermanar con Welles de otra manera: ambos echaron a andar empresas fílmicas que, a su modo, hacen recordar esa voluntad de desmesura, de conquista de lo imposible, que anida en las entrañas de América.  (versión modificada del texto publicado en la revista Múltiple Nº2, marzo-mayo 2002)