miércoles, 19 de octubre de 2011

Niños del hombre (Children of Men, 2006) de Alfonso Cuarón


Clive Owen es Theo Faron, ciudadano desganado al estilo de los viejos héroes de las novelas negras, y debe atender un pedido que le hace una antigua novia (Julianne Moore), lideresa de un grupo de activistas que resisten al régimen de turno. Es el año 2027, cuando los hombres ya no pueden procrear, y solo queda un planeta destruido por las guerras. Londres es la única ciudad donde, a pesar del caos reinante, hay ciertas condiciones para vivir.

Tienen razón los que han visto, en este filme, un inquietante retrato de nuestro presente; pero lo subyugante de Niños del hombre no solo tiene que ver con el  diagnóstico (basado en una novela de P.D. James) de un mundo marcado por un fascismo asolapado, la problemática de los inmigrantes y un terrorismo generalizado, sino por una nueva formulación de la aventura futurista, quizás más cercana a la factura fuera de moda de la clásica Soylent Green (Richard Fleischer, 1973), como apuntó bien el crítico Alberto Servat.

Cuarón es de esos directores que prefieren presentar el futuro tan cotidiano como la vida diaria, sin solemnidades ni fastuosas imágenes. En esta película, los escenarios se ven de pasada, al fondo, o de lado. Siempre vemos todo desde los ojos de Theo, sin cortes, y desde una cámara a la altura del hombro que se ve sorprendida por lo confuso, por lo absurdo y lo increíble: en un momento vemos pasar, fugazmente, una muchedumbre airada, o, por los pasillos de un edificio desolado, un avestruz a la carrera.

Es como si al realizador no le importara desaprovechar los recursos de producción, sino solo seguir a sus personajes. Junto a Theo, se sumarán algunos cómplices como el viejo hippie Jasper (Michael Caine), o Miriam (Pam Ferris), ex maestra que cree en la magia negra, todos aunados por la misión de proteger a la joven Kee (Claire-Hope Ashitey) y al milagroso niño que lleva en su vientre.

Niños del hombre es una rara mezcla de aventura futurista y poema existencial con ingredientes de drama y comedia. En efecto, el humor convive con esa sensación de muertos en vida que rodea a los personajes, quizás porque para ellos no existe un futuro para la raza humana. No es un humor cínico, sino aquel que se desprende de las situaciones extremas y de los personajes enloquecidos que proliferan en una realidad también enloquecida. Pero no se exacerba nada, y prueba de ello es que los momentos más dramáticos se captan de lejos, desde la mirada que huye, por lo que quizá se hacen más verosímiles y dolorosos todavía.

Cuarón se ha convertido en poeta conservando su  tono menor; pero eso sí, cambiando a Gael García (Y tu mamá también, 2001) y a Harry Potter por personajes adultos y más cercanos a nosotros, como el que encarna Clive Owen. Y junto a Theo, o a pesar de él, el mexicano ha visto la belleza en los desechos, en un inmenso basurero industrial, en medio de la niebla y de lo irrisorio -esa belleza de la que hablaba Baudelaire cuando se refería a la modernidad- y ha registrado eso de pasada, con las cortapisas de lo humanamente visible, en medio de la fuga, la incertidumbre y esa -cada vez más extraña- determinación humana por conseguir lo que parece imposible. (versión modificada del texto publicado en Somos, 27/01/2007)