lunes, 17 de octubre de 2011

Camino a la libertad (The Way Back, 2010) de Peter Weir

Se trata de retar a las fuerzas desconocidas. Estas pueden ser las de un Dios humano (el cerebro detrás del mundo de TV en El show de Truman, 1998), o las que tejen las instituciones sociales (La sociedad de los poetas muertos, 1989; Green card, 1990). En este caso, para poder escapar de la condena siberiana y llegar a la India, los prisioneros de los gúlags soviéticos -en años de la Segunda Guerra Mundial- deberán cruzar una distancia inimaginable, hecha de los desiertos y alturas más cruentas que puedan soportarse.

Basándose en el libro “El largo camino” de Slawomir Rawicz, el filme logra evadir todas las coartadas que confabulan contra los relatos de sobrevivencia -sentimentalismo y morbo, efectismo y truculencia-. Por el contrario, esta es una aventura coral que termina decantándose hacia el dolor íntimo, un estilo clásico que hace ver a la Naturaleza como algo hermoso y a la vez terrible, sin ningún preciosismo de por medio. Los personajes (Colin Farrell, Jim Sturgess, Ed Harris, Saoirse Ronan) entablan relaciones sutiles y complejas, donde, en cada paso, se deja ver un principio moral cuestionado, un pacto tácito, un viso de traición o egoísmo, un gesto de piedad o sacrificio. Y el enemigo, siempre ausente, está en todas partes: lo absoluto del espacio y el tiempo. Que Weir es uno de los pocos cineastas imprescindibles del cine contemporáneo, a estas alturas, ya ha dejado de ser un secreto a voces. Una película como Camino a la libertad no hace más que corroborarlo. (versión modificada del texto publicado en Somos, 17/10/2011)