martes, 13 de septiembre de 2011

Zatoichi (2003) de Takeshi Kitano


En Zatoichi, las tipologías del hampa se trasladan al Japón del siglo XIX, donde los samuráis y los ronin -diestros combatientes a sueldo- son las estrellas. Como era de esperarse, los enfrentamientos se suceden a lo largo de todo el filme a partir de las aventuras del guerrero ciego llamado Zatoichi (el mismo Kitano), de presencia habitual en las cintas japonesas de samuráis.

Pero no nos encontramos frente a una típica película de acción, ya que lo más interesante pasa por el delineamiento de los personajes secundarios. Primero, tenemos al único espadachín que puede dar la talla a Zatoichi: Hattori, quien se convierte en el arma principal del líder mafioso que aterroriza al pueblo. A pesar de ser el "villano" de la historia, se trata de una personalidad compleja y con la que podemos empatizar, ya que, gracias a extensos flashbacks, sabemos que acepta el trabajo de sicario como un acto de amor para poder costear la salud de su esposa enferma. También está ese par de peligrosas geishas que, como Hattori, irán revelando un rostro diferente a medida que las vueltas al pasado nos informan de desgracias que marcan su presente y, en general, toda su existencia. "Las apariencias son engañosas y esconden una verdad oculta", parece ser el leit motiv que organiza mucho del sentido del filme.

Está presente, además, otra característica de todo el cine de Kitano: el hecho de que los personajes vivan bajo el signo de una perenne resignación, siempre por algún trauma o desgracia insalvable. Por lo general, a un denso primer plano de un rostro pensativo e impasible le sigue un largo flashback. Este último no sólo funciona como una rememoración. También tiene una cualidad hipnótica, ya que estas secuencias se suelen presentar en cámara lenta, como visiones alucinadas y delirantes del horror (muy cercanas al estilizamiento de la violencia usado, últimamente, por Tarantino, fan confeso de Kitano).

Zatoichi está filmada con un peculiar sentido de la composición y el montaje: el espacio se ha recortado de manera abstracta, más cerca del artificio y  la representación onírica que del realismo. La sensación de movimiento constante que da la narración tradicional del cine americano se deja de lado por el estatismo de lo fragmentario. La violencia es como un destello seco y cortante, al igual que las visiones imaginarias o remembranzas -que, por lo general, profundizan ese halo de consternación que rodea a los personajes.

Todo esto resulta muy tanático y es afín a la interpretación lacónica de Kitano. Pero la amenaza de lo pasmoso y mortuorio está remontada por una vitalidad poderosa. Ahí están el humor, el slapstick, y los gags, que tienen un parecido de familia a los de Tati, Chaplin, o Keaton. Pero, sobre todo, tenemos un optimismo que va aparejado con extraños números musicales -subrepticias coreografías y trepidantes ritmos están presentes en toda la cinta-, hasta que llegamos al clímax de un zapateo prodigioso. Zatoichi vuelve a corroborar la maestría de uno de los mejores cineastas de hoy. (versión modificada del texto publicado en Somos, 09 de abril de 2005)