martes, 6 de septiembre de 2011

Johnny Guitar (1954) de Nicholas Ray


A diferencia de muchas de las obras maestras “enfermas” de Ray, Jhonny Guitar es una de sus ficciones más sólidas y complejas. Y es que nada parece faltar en este retrato torturado de Vienna (Joan Crawford), dama crepuscular y vulnerable en su soledad, aunque capaz de enfrentarse a una jauría de cowboys sin una sola arma, con un carácter indómito. 

Cáracter, o la apariencia de una personalidad inquebrantable. Eso es lo que parece faltar, lo que parecen querer demostrar, a toda costa, los anti-héroes de Ray. Porque en sus películas siempre se miran, como en un espejo, una figura paterna y una filial que busca aceptación a pesar de, o precisamente por, sus propias heridas y fragilidades. Acá el rol que, luego, ocuparía el Plato (Sal Mineo) de Rebelde sin causa (1955), lo encarna el menudo Turkey Ralston (Ben Cooper) como un pistolero novato e inestable, en busca de una identidad y moral de la que todavía carece. Es un personaje satélite, pero no menos fundamental, como casi todos los de esta historia enloquecida que gira alrededor de la venganza de Emma Small, otra mujer temeraria, literalmente infernal (a la que Ray coronó con sus más hermosas secuencias de fuego y destrucción), y brillantemente interpretada por Mercedes McCambridge

Tienen razón, entonces, los que están tentados de decir que Johnny Guitar no es un western. No lo es, desde el momento en que se centra en un duelo entre mujeres, dos personajes que se han adueñado de cierta masculinidad, y que parecen encarnar lo más fascinante del Oeste con un temperamento que pone, a la sombra, a unos vaqueros que ya han perdido el influjo de antes. La cinta pronto se convierte en un hervidero de retorcimientos psicológicos y muertes trágicas que ponen a prueba a los dos bandos liderados, respectivamente, por Crawford y McCambridge. Sterling Hayden, por su parte, es el forajido, el antiguo amor que, a diferencia del resto, parece haber salido de una película de John Ford -si no fuera porque pretende disfrazarse con una guitarra.

El de Johnny Guitar es un Oeste de interiores luminosos y exteriores nocturnos, donde la ley ha fracasado ante el poder de una mujer tan rica como desposeída de lo que sí tiene la desarraigada Vienna. Espacios abandonados, fugas desesperadas, lirismo sobrecogedor, todo eso hace a una película de la que Ray y Crawford siempre renegaron, pero que conservó, como ninguna de su autor, ese sublime equilibrio entre desgarrados estallidos de color y una angustiante ebullición interior. (En: godard! N° 28, julio 2011)