viernes, 16 de septiembre de 2011

Entre la vida y la muerte (Kanzo sensei, 1998) de Shohei Imamura


La de Imamura es una obra prolífica que, por lo general, se asocia con el nuevo cine japonés de los sesenta (junto a otros nombres conocidos, como Nagisa Oshima, por ejemplo). Sus inicios se remontan a la década del cincuenta, cuando, bajo el influjo del cine popular creado por la industria de la época, realiza Deseos Robados (1958). Sin embargo, ya han pasado más de cuatro décadas, y, con cerca de una veintena de largos, Imamura ha legado una de las filmografías más valiosas del cine japonés. Para comprobarlo sólo hay que ver películas como La anguila (1997), o Entre la vida y la muerte.

Desde un inicio llama la atención la naturaleza desconcertante del relato. La Segunda Guerra Mundial está llegando a su fin. Mientras, la milicia japonesa se niega a rendirse. En medio de la confusión, la pintoresca población de una pequeña isla enfrenta una epidemia mortal. Entonces, surge el Dr. Akagi (“Doctor Hígado”), quien ha reconocido, en la peste, una propagación de la hepatitis. Pronto, consigue la ayuda de una joven prostituta, un monje loco, y un morfinómano, para descubrir el remedio que sane a los enfermos.

A primera vista, el filme tiene aspecto de farsa y de comedia. Pero la duración de los planos, y la serenidad de la puesta en escena, conspiran para dar, al relato, un humor más amargo. Los acentos son más bien tragicómicos: cuando nadie parece creer en nadie, surge la empresa inverosímil de Akagi. Se trata de un héroe incomprendido, la encarnación de una esperanza delirante, quizá la única actitud afirmativa y vitalista cuando todo parece morir ante la guerra.

Imamura se concentra en la figura del médico, pero no duda en seguir la pista a sus cómplices, que se refugian en el sexo y la droga, en lo que pareciera ser una evasión que tiene mucho de confusión y egoísmo. Al contrario de lo que puedan pensar todos, Akagi es más lúcido, porque ha escogido un vicio redentor: salvar vidas. En lugar de extraviarse como  sus compañeros, el doctor se aferra a una templanza interior que, en su obstinación avasallante, no tardará en chocarse con la adversidad.


Conforme avanza la historia, una desesperación creciente conduce, al espectador, por atmósferas más oscuras. Y la rigurosa observación de Imamura le reserva, al protagonista, un recorrido que, si bien puede ser tortuoso, deja una lección: los experimentos de laboratorio no tienen sitio en el fragor de la guerra; por eso, la determinación de encontrar una cura se abandonará, para retornar a esa manera de sanar mucho más física y vital, más práctica y efectiva. Una que devuelve, al Doctor Hígado, a correr, empecinadamente, de un lugar a otro, algo que Imamura filma con alguna sonrisa y bastante ternura, una y otra vez.

Precisamente, la clave del filme se encuentra en esta angustia de Akagi, quien no solo se enfrenta a los abusos de los militares, sino, también, a las declaraciones de amor de la joven prostituta que ha decidido amarlo exclusivamente a él. Al final, rodeado por el mar y asediado por la seducción de la muchacha, un desborde de alquimia cinematográfica se prestará a la obsesión alucinada del doctor Akagi, cuando un gigantesco hígado toma forma, en el cielo, a través de una explosión decisiva -la bomba atómica-.

Entre la vida y la muerte guarda el secreto de un cine casi extinto: prefiere un andar pedestre, por el que carga las tintas con cierto registro naturalista que atiende a lo cómico y desenfadado (casi a la manera de directores americanos clásicos y “populares” como Hawks o Ford). Pero, a la vez, tiene esa exacerbación onírica que surge de su luz cálida o de algún sueño afiebrado, de alguna visión maravillosa -lo que  recuerda la imaginería poética de lo mejor de la tradición japonesa, la misma de otros grandes como Mizoguchi y Kurosawa. (versión modificada del texto publicado en Somos, 12 de abril de 2003)