lunes, 19 de septiembre de 2011

Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011) de Woody Allen


Algo que pocos directores pueden hacer es aunar distensión y frescura con lirismo y hondura. En ese sentido, Medianoche en París podría ser una buena carta de presentación. La cinta forma parte de un grupo reconocible de títulos allenescos: los que abren una grieta en la realidad, por donde el mundo de las ficciones y los sueños se materializa, y presta algo de esperanza a algún ingenuo que se resiste a aceptar una vida gris (La rosa púrpura de El Cairo, 1985; Balas sobre Broadway, 1994).

Con un aire de clown triste y mirada confundida, Gil (Owen Wilson) es un norteamericano no tan culto como su amigo Paul (Michael Sheen), pero auténtico en sus ganas de ser un escritor y evocar la ciudad que vivió Hemingway, Scott-Fitzgerald, Buñuel y Dalí. Gil no encaja con esa alegría superficial o pedante de la banda de turistas que lidera su novia Inez (Rachel McAdams); lo suyo es una pertenencia parisina imaginaria, ligada a una sensibilidad, a cierta marginalidad. Y eso lo encuentra con una máquina del tiempo travestida de esquina nocturna, de coche antiguo, que lo traslada a otra época. Allen filma con inusitada placidez, y quizá sea ese discurrir cotidiano, coloquial, de su cine, el que convoque con tanta resonancia íntima a este paraíso perdido. A veces el tono épico no es necesario para tocar fibras de orfandad sutiles y tristes, sino -qué paradoja- la pura comedia. Y no pidan que Hemingway sea Hemingway, ni que Cole Porter sea Cole Porter. Basta con que Woddy Allen los traiga de vuelta y los presente como a viejos amigos. (versión modificada del texto publicado en Somos, 17/09/2011)

1 comentario:

Informes de Talleres y Cursos dijo...

Muy interesante su aportación, este es un blog totalmente recomendable.
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