martes, 6 de septiembre de 2011

El gran pez (Big Fish, 2003) de Tim Burton

 

A diferencia de las otras cintas de Burton, el Gran Pez no se instala, de plano, en un mundo fantástico. El filme parte de una realidad normal y mundana, en medio de los últimos días del viejo Edward Bloom (Albert Finney), hombre encantador que no para de relatar, a su familia, historias extraordinarias o exageradas sino literalmente increíbles de su vida. Es entonces que Will (Billy Crudup), el hijo de Edward, frustrado ante la sensación de no conocer realmente a su padre, decide averiguar qué tanto de verdad esconden esos relatos repletos de hechos inverosímiles que siempre oyó de él. Y aquí se encuentra el conflicto central. A Will le cuesta entablar una auténtica comunicación afectiva con su padre. Desconfía de él, de sus largas ausencias, y sus historias que lucen engañosas, cuando no abiertamente mentirosas, de principio a fin. En ese sentido, esta se convertirá en una película de aprendizaje y reconciliación.

A través de una serie de vueltas al pasado, Burton va reconstruyendo la vida de Ed Bloom. Lo original es que los hechos, que se presentan "fantásticamente", no sólo dan cuenta humorística del grado de “subjetivización” a la que llega el personaje al relatar sus historias. También nos hacen ver la cuota de invención con la que constituimos toda realidad, en el sentido de que el espacio y el tiempo dan la impresión de ser “maleables”: están bajo la influencia del estado de percepción del protagonista.

Un ejemplo: el tiempo se congela, literalmente, cuando Ed ve, por primera vez, al amor de su vida (Alison Lohman). De igual modo, vemos, con Bloom, que, a veces, el escenario donde se encuentra se hace peligroso quizá, diríamos, por una predisposición mental y sensorial, o por la forma en la que la memoria ha constituido esa particular experiencia—, lo que se materializa, de nuevo literalmente, cuando los árboles del bosque cobran vida y están a punto de asfixiarlo. Con todas estas secuencias, El gran pez demuestra que la verdad de Ed Bloom se encuentra en su propia forma de experimentar las cosas, y, a la vez, de querer recordarlas. Y es que los sucesos solo pueden cobrar sentido al ser interpretados por la memoria. De esta forma, el protagonista también da, a sus "hazañas", una cualidad enaltecedora, legendaria, indesligable de su más íntima personalidad. 

Finalmente, los hechos “objetivos” no pueden ser conocidos por nadie. Y, diremos con Burton, no tiene mucho sentido buscarlos, si lo que queremos es acercarnos al carácter y la ética de un hombre. Como en su momento hizo con el peor director de la historia del cine, Ed Wood Jr, Burton pretende hacer un retrato de Ed Bloom. El autor de Beetlejuice (1988) no quiere hablar de hombres famosos y exitosos, sino de estos marginales de ambición desmedida, enemigos de las leyes de la razón y el sentido común. Y si los dos "Ed" Wood y Bloom convierten una realidad anodina o irrisoria en un relato asombroso, las películas de Burton pueden verse como un homenaje a la nobleza de esos espíritus desbordados, locos de la sociedad, verdaderos héroes de la modernidad. Y, al igual que en Ed Wood (1994), tenemos una galería de enanos, siameses, gigantes, y freaks de apariencia monstruosa, que forman la comunidad de amigos del Bloom.

Por último, habría que anotar que, a pesar de los colores cálidos y la luz del sol que bañan la película, Burton tampoco ha dejado de lado los claroscuros y el imaginario gótico con que filma a criaturas llenas  de un aire mítico, así como de una melancolía consustancial a la remembranza. La secuencia final no sólo constituye uno de los más bellos momentos de su obra. También reconcilia el pasado con el presente, la leyenda con la realidad, la verdad con la mentira, en fin… se convierte en resumen y recogimiento estético del filme. (versión modificada del texto publicado en Somos, 01 de mayo de 2004)