jueves, 8 de septiembre de 2011

Tierra de los muertos (Land of the Dead, 2005) de George Romero


Este no es cualquier filme de terror. Lo dirige George A. Romero, veterano realizador que en 1968 se dio a conocer gracias a La noche de lo muertos vivientes, primer largometraje hecho entre amigos y con un presupuesto exiguo. Esa película inició una célebre saga que cuenta con títulos no menos prestigiosos (como El amanecer de los muertos, de 1978) y que, con esta cuarta entrega, marca el esperado retorno de Romero tras las cámaras.

Los hombres se han apertrechado en una ciudad cercada por murallas que impiden la invasión de los zombis. Sin embargo, un desquiciado magnate, Kaufman (Dennis Hopper), es el que tiene el poder. El territorio se ha dividido en dos: los ricos que viven cómodamente al interior de un lujoso rascacielos, y afuera, en las calles, el resto de gente que se debe contentar con una existencia miserable y expuesta a los juegos, vicios y mafias que Kaufman ha instituido para tenerlos bajo control.

Uno de los aspectos más interesantes de la cinta es la forma en que se presentan las jerarquías sociales. El mismo Romero ha declarado que ha querido aludir a un mundo cada vez más contrastado, más polarizado. Y a eso apunta la descripción -de intuiciones muy actuales- de esa patética clase alta que pretende ignorar lo que pasa afuera y se encierra en su edificio de cristal, donde nadie más pueden ingresar.

Si los zombis de Romero son inquietantes es porque representan a los marginales y desposeídos, a los excluidos y olvidados que ahora salen de sus tumbas. Eso está muy claro: los walkers provienen de los suburbios pueblerinos y están liderados por un enorme hombre de raza negra vestido con un mandil de mecánico (Eugene Clark). Ellos son la contrapartida perfecta de esa sociedad burguesa que se ha replegado alrededor de la única torre que todavía goza de luz eléctrica y que puede brillar en la noche.

Estos zombis son despojos, predadores, autómatas primitivos. Sin embargo, también los vemos "evolucionar". Empiezan a comunicarse y a tener un espíritu de grupo del que adolecemos nosotros, sus presas: una cultura sofisticada pero incapaz de sobreponerse a las crisis, y que no hace más que acelerar su propia decadencia. En efecto, toda la trama desarrolla una serie de intrigas intestinas y traiciones mutuas que terminan enfrentando al despiadado Kaufman con el codicioso Cholo (John Leguizamo), un mercenario al que no le importa el futuro de la ciudad. Al final será sólo Riley (Simon Baker), otro aventurero que trabaja para el temible villano, el que aún conserve sentimientos nobles como para proteger a un grupo de antihéroes decididos a pelear por una comunidad en medio del caos. (versión modificada del texto publicado en Somos, 24 de setiembre de 2005)