lunes, 30 de mayo de 2011

Thirst (2009) de Chan-Wook Park


El sacerdote Sang-hyeon (Kang-ho Song) se ha ofrecido como voluntario para una prueba experimental -que debe acabar con un virus mortal. Lejos de redimir su alma, el sacrificio lo ha condenado a una vida de ansias sexuales e ingestas de sangre que condicionan su sobrevivencia.

En Thirst, el vampirismo aterroriza la consciencia del portador. Sin embargo, no hay que esperar ningún asomo de sentimentalismo. Este es un héroe que quiere sobrevivir de la manera más digna posible. Sang-hyeo no es un fantasma operático, y está en las antípodas de los vampiros teatralizantes y soberbios. El sacerdote de Chan-wook Park está tan confundido como cualquier ciudadano de nuestros tiempos, y, sobre todo, se enfrenta con estoicismo y valentía a su propia enfermedad -una que, quiéralo o no, lo saca de su retiro, y lo devuelve al mundo.

Aquí no hay profusión de sangre que no perturbe y duela. El héroe no abandona sus convicciones, está hecho de una tenaz lucha interior. Lucha que se redoblará cuando se enamore de una mujer santa que terminará convirtiéndose en la femme fatale más perturbadora de los últimos años. A diferencia de él, ella optará por el mal. Sin ningún escenario gótico, con una puesta en escena vertiginosa y asfixiante a su manera -inspirada en Kubrick, siempre Kubrick-, Chan-Wook Park (Oldboy) hace una película deslumbrante y moral en cada fotograma, mezcla el vampirismo y el amor fou, y los lleva hacia a una metafísica de la culpa más extrema -una radicalmente católica en tanto aferrada a lo carnal, lo terrenal. (En Godard! Nº 25, setiembre  de 2010)