lunes, 30 de mayo de 2011

Respuesta a la vieja crítica


Esta es un texto que he preparado como respuesta a los infundios agraviantes -pueriles y muy de color local- que desde hace tiempo difunden dos añejos e intolerantes críticos de cine peruanos en contra de la revista de cine Godard! Será la primera y única vez que utilice este blog para este tipo de temas.

Paso a responder, por única vez, a las seniles reprimendas que  Ricardo Bedoya e Isaac León, fieles a su estilo patanesco y fantasioso, están difundiendo en contra de la revista Godard! y sus codirectores.

Para empezar, hablaré del triste papel que hace tiempo está jugando el señor Bedoya, quien, a su edad, al parecer se cree un gran teórico, y no es más que un aburrido escribano de diccionarios de cine peruano, un manual de colegio sobre apreciación de cine, una burocrática historia de cine nacional, y un único libro -este sí, escrito con algo de entusiasmo- sobre Francisco Lombardi. ¿Qué ensayo con algo de profundidad ha escrito este señor a lo largo de su vida? ¿Qué libro sobre algún cineasta que no sea Lombardi ha publicado? ¿Dónde están sus libros sobre teoría del cine, sobre Metz, sobre Bordwell, sobre Robin Wood, sobre Deleuze? Simplemente: no hay nada. Solo retórica barata, juegos de luces, recursos teatrales que Bedoya conoce al dedillo.

Pero no solo eso, el señor Bedoya se esfuerza por ser el gran histrión o diva, el gran figuretti de un grupo que lo sigue como si tuviera una obra o escribiera algo como para considerarse maestro. Y es cierto, he tenido la oportunidad de toparme con Bedoya en pocas oportunidades, pero que no solo son las tres que menciona.

En la primera oportunidad, me tocó hablar en un encuentro de cine en la Universidad de Lima, en su auditorio principal. A mi lado estaban León, que hacía de moderador (y que cumpliendo con su papel imparcial, solo atinó a proferir, alarmado: “ustedes lo ven ahora tranquilo a Pimentel, pero él no es así!!!”), René Weber, Joel Calero, y Ricardo Bedoya, quien con ánimo paternal aún me llamaba por mi nombre y trataba de convencerme de que el cine peruano no era tan malo, mientras trataba de fraguar una teoría freudiana -a falta de una sola idea- para decir que solo estábamos “buscando a un padre”.

La segunda vez, fue un gracioso encuentro con Bedoya en el Centro Cultural de la Universidad Católica. Como yo había escrito en la revista Somos que felizmente se había incorporado un  jurado de la crítica extranjera en el Festival -ya que el premio a mejor película otorgado a “El bien esquivo” y “Bala perdida” había causado “suspicacias” (me refería a las sospechas de chauvinismo que son ineludibles en este tipo de premios y con un jurado exclusivamente nacional)-, Bedoya se me acercó a decirme, entre alterado y nervioso, que no iba a permitir que yo diga que él había recibido “sobornos bajo la mesa”, y luego: “…y ahí está Chobi (Enrique Silva) que ya me dijo que te quiere sacar la mierda”-. A lo que yo le dije que por qué no me “sacaba la mierda” él mismo. Y el señor Bedoya, bajando la mirada con nerviosismo y dando vueltas en círculo, solo atinó a decir: “..sí, sí, pero para qué…”. Finalmente, monsieur Bedoya, contrariado, se perdió entre la muchedumbre luego de no saber qué más decirme.

Y si cuento este episodio no es con el ánimo de contar anécdotas penosas de una persona mayor sin clase ni altura para nada que no sea su propio exhibicionismo de “prima donna”, sino para quitarle esa careta de intelectual valiente que, a fuerza de mentiras, más distorsiones de su esforzado inconsciente, y efectos retóricos, quiere construir para atacar a la única revista de cine que le quita el sueño.

Y este último encuentro citado viene a colación porque en el siguiente encuentro que tuvimos y él menciona, en la Universidad de San Marcos, Ricardo Bedoya cayó aún más bajo. Al citar yo, frente a los asistentes al evento, el ridículo incidente en el que me amenazaba con enviar a Enrique Silva (a quien, luego de preguntarle si era verdad que me quería “sacar la mierda”, me respondió que de ninguna manera y que nunca había dicho eso), el señor Bedoya se alarmó con una sonrisa quebrada y empezó a decir que lo que yo decía era falso, que él “antes era mi amigo” y solo quería “advertirme” de las intenciones de Silva. Sin comentarios. Y, francamente, comprendo las risas de las personas que estén leyendo, en este momento, esta necesaria respuesta a la cantinflesca arremetida bloggera de León y Bedoya.

Pero lo de San Marcos no quedó ahí. Luego, en el colmo de su exasperación, Bedoya empezó a esgrimir alusiones desdeñosas, impertinentes y totalmente gratuitas, acerca de mi padre Jorge Pimentel. Otra bajeza de este señor, siempre empeñado no en exponer sus grandes ideas sobre la teoría del cine, porque no tiene ninguna, sino en el acto histriónico efectista, en el golpe desesperado, en la amenaza de payaso malévolo. Lo de payaso malévolo no es un epíteto gratuito. Basta recordar que, finalizado abruptamente el evento en San Marcos, ya que los organizadores estaban consternados ante la burda actuación del crítico de “El placer de los ojos”, Bedoya, en medio de su salida de la mesa de conferencias, se despidió de nosotros volteándose y agachándose para  enviarnos una literal sacada de lengua y una morisqueta con la intención de “sacarnos cachita”. ¿Ese es el gran intelectual del cine, el caballero pensador y teórico, el André Bazin o el Robin Wood del Perú, que no tiene nadie con quien discutir en este país donde ha llegado a parar? ¿Un sujeto que solo atina a sacar la lengua y mover los dedos en las orejas, después de aludir con desprecio y alevosía, con una bajeza que lo pinta de cuerpo entero, a los padres de uno de sus contrincantes intelectuales?

Por último, me referiré a los últimos encuentros en el CCPUCP y en el auditorio de Ventana Indiscreta de la Universidad de Lima. En el primero, nosotros fuimos convocados a hablar de las propuestas conceptuales de cada revista de cine. Pero, ¿qué fue lo que pasó? Nada de eso. Isaac León, que ahora nos ataca como un talibán, pidió perdón por lo que había dicho sobre nosotros, para luego tener una participación casi nula o irrelevante. Pero claro, Bedoya vio la oportunidad no de brillar por alguna idea, o de articular un discurso interesante sobre la crítica, sino de echar lodo a Godard! y, de nuevo, llenar de insolencias teatreras al auditorio, y responderle irrespetuosamente a los asistentes (más precisamente a los críticos y cineastas César Miranda y Mario Castro Cobos). ¿Ese es el crítico que alude a mi padre y que pone un tarro de mermelada en su blog para sugerir que Godard! ha sido comprada por las majors, ese que no tiene ningún libro de valor conceptual o exegético sobre el cine, sobre la crítica, o sobre la historia de la crítica o la filosofía del cine, ese es el que ahora dice que no puede debatir conmigo y con  Claudio?

Por último, me referiré al encuentro en la Universidad de Lima, donde fui invitado por quien dice que soy un ignorante del que no se puede esperar nada: Isaac León. Resulta que luego de mi exposición, acerca del nivel expresivo del cine peruano, el señor Bedoya, extremando el tono en la defensa de su querido Francisco Lombardi, pidió, para variar, haciendo una pataleta, que yo repitiera una parte de mi discurso en el que me refería al último cine de este director. Cito el texto aludido: “Todas sus películas posteriores [de Francisco Lombardi] son olvidables (No se lo digas a nadie, Pantaleón y las visitadoras, Tinta Roja, Ojos que no ven, Mariposa negra, Un cuerpo desnudo) y mezclan sin fortuna ni vuelo cinematográfico algún discurso demasiado explícito sobre el país, el miserabilismo, el costumbrismo, la intriga policial, el drama sórdido, y el erotismo de explotación.”

Ahora le pregunto yo, señor Bedoya: ¿en qué parte digo que Lombardi hace “policiales”? No don Ricardo, no dice eso en ningún lado. Lea bien antes de escribir, escuche antes de hablar. El que parece un calichín de la de Lima es usted, que no sabe atender a un discurso que no sea el de sus propios prejuicios y sordinas, sus propios temores que lo hacen ver todo en blanco y negro. Yo he señalado que uno de los elementos que se pueden identificar en el cine de Lombardi es la intriga policial (en otras oportunidades he dicho, también, “intriga criminal”), no que Lombardi haga policiales. Pero parece que Bedoya eso no lo puede tolerar, y lo distorsiona todo como siempre, lo que le permite debatir no sobre la consideración que he citado sobre el cine de Lombardi, sino rechazarla de plano.

Por último, me referiré al papel del “moderador” Oscar Contreras. Pues resulta que Contreras no me dejaba hablar en el auditorio, solo atinaba a repetir que lea el texto referido por Bedoya, en una especie de defensoría desesperada de este señor. El espectáculo fue tan parcializado, daba tanta vergüenza ajena, y me resultó tan ridículo, que en un momento me reí y llamé, de forma irónica y como burla explícita frente a lo que estaba sucediendo, a “Chacho” -quien me había invitado y con quien entonces mantenía una relación cordial- para después tener que soportar, una y otra vez, los recortes de tiempo que me hacía el supuesto “moderador” a favor de Emilio Bustamante -otro crítico de las revistas de León y Bedoya-. La cereza de la torta: a la salida, Contreras se me acerca con actitud arrepentida a pedirme disculpas y a jurarme que no quiso favorecer a nadie.¡!

Finalmente, otra contradicción de León: si soy tan despreciable, tan tonto, si solo hablo del cine comercial de Hollywood porque soy un vendido, si soy un sujeto tan ruin como dice en sus melodramáticas cartas, ¿entonces por qué me invita  a su universidad  para hablar de cine peruano? ¿Por qué quiso debatir con nosotros en el Centro Cultural de la Católica? ¿Por qué sigue escribiendo de nosotros año tras año, en navidad y en las elecciones presidenciales???

Repito: si he tenido que extenderme en esta historia personal con estos personajes, se debe a que me he visto obligado ante su desfachatez y reiterados infundios. Pero no me voy a despedir sin antes aclarar algunas cosas que obsesionan  a estos preocupados comisarios de la crítica:

1.- En primer lugar, León nos recrimina por no haber hecho cobertura de los procesos de distribución y exhibición en el país, por no haber cubierto exhaustiva y reiteradamente los estrenos en provincias y los realizadores de cine regional (premisa falsa, ya que en Godard! publicamos no una, sino dos coberturas escritas por Diego Cabrera, en los números 12 y 14, sobre el cine hecho en provincias). Y, lo más gracioso de todo, los conocidos defensores de Conacine León y Bedoya me reclaman, a mí, por haber participado en un video donde criticamos, con otros especialistas y cineastas de la Asociación de Cineastas Independientes y Regionales del Perú (ACRIP), la gestión de Conacine y Rosa María Oliart. Primero, quiero informarles a estos señores que nadie tiene la obligación de dedicar su revista a la cobertura de la exhibición, la distribución, o la realización del cine regional, y menos para participar en este gremio de cineastas. No hay cuota de páginas, señores, para ser miembro de la ACRIP. ¿Por qué suponen condiciones de pertenencia que no existen? Y, ¿por qué suponen ilegitimidades o incoherencias que solo existen en sus cabezas? ¿Por qué solo quienes simpatizan con ellos pueden pertenecer a cualquier gremio? ¿Por qué les causa resquemor que yo o Claudio seamos parte de una asociación de cineastas? Entiéndanlo bien señores: nadie está obligado a escribir sobre cine de provincias, nosotros lo hemos hecho (y yo me he explayado con gran entusiasmo sobre “Los actores” del trujillano Omar Forero, repetidamente, en mi revista y en la Universidad de Lima frente a los mismos León y Bedoya), pero ese no es requisito para ser miembro de la ACRIP. Pueden llamar a mi amiga, la cineasta y exhibidora cinematográfica Inés Agressot (para que les informe del tema y duerman tranquilos.

2.- Por lo que dicen en sus cartas, parece que León y Bedoya aún no soportan que hayamos reivindicado a Armando Robles, y también se esfuerzan porque tengamos una posición de rechazo a toda la obra de Lombardi. No señores, no lo van a conseguir. No vamos a defenestrar las primeras películas de Lombardi, aunque lo deseen con todas sus fuerzas. Tampoco las vamos a glorificar. Ya hemos reiterado, una y otra vez, que las que siempre nos parecieron “aberrantes” (y lo dijimos con esa palabra) fueron 'No se lo digas a nadie', 'Pantaleón y las visitadoras' y 'Tinta roja'. Claro que luego esta lista se quedó chica: hoy podemos sumarle 'Ojos que no ven', 'Mariposa negra', 'Un cuerpo desnudo' y 'Ella'. Y respecto a Robles Godoy, es risible el grado de cinismo cuando estos señores afirman que Robles es el director más celebrado del cine peruano, aludiendo a críticas de Alfonso Latorre y Geu Rivera.

Vale la pena detenerse en este punto. Cito a Isaac León en su prólogo ditirámbico al libro de su maestro Desiderio Blanco, clamando por la labor fundadora de la crítica, en el Perú, de su revista Hablemos de cine y de Blanco (¿de quiénes son los autoelogios?):

"Sin embargo, más ruido que nueces. Sería incorrecto afirmar que en estos años [a comienzos de los sesenta, en el contexto de la aparición de Hablemos de cine en 1965] se constituye una crítica propiamente dicha, si exceptuamos los textos de Latorre en los que sí puede vislumbrarse la vertebración de un ejercicio analítico-interpretativo. Por lo demás, prima el comentario generalista que mezcla las referencias anecdóticas con las consideraciones sociológicas del tema y por ahí una alusión a la belleza fotográfica y a la calidad de las tomas, (...). (...) lo que prevaleció por mucho tiempo fue la elección del comentarista, entre quienes, dentro del personal del diario, tenían supuestamente mayor interés por el cine o disponían de tiempo para acometer una tarea que a menudo confundían con la crónica farandulera (...).” (Isaac León Frías, en prólogo al libro "Imagen por Imagen" de Desiderio blanco. Lima, Universidad de Lima, 1987)

De la crítica cinematográfica seria, León solo rescata a Alfonso Latorre como auténtico “crítico de cine” y no “periodista cinematográfico”. Lo que siguió en la crítica, en el Perú -de acuerdo a León y citando sus propias palabras-, fueron los miembros de la revista Hablemos de cine y su padre espiritual Desiderio Blanco, quienes por supuesto no se dedicaron a otra cosa, durante toda su trayectoria, que a dedicarles críticas furiosas a todas las películas de Robles. Por otro lado, hay que mencionar que si nadie se acuerda de las críticas de Geu y Latorre se debe a que Bedoya, León y todos sus compañeros de 'Hablemos de cine' se encargaron de pontificar su muy particular historia del cine peruano. Y por supuesto que estaban en todo su derecho de preferir a Francisco Lombardi muy por encima de Armando Robles. 

3.- Para terminar, me referiré a “la teoría”, esa pasión, tan querida por Bedoya y León, que nunca la ejercieron salvo en forma de manual o diccionario. Ahora se rasgan las vestiduras porque dicen que ¡Oh! ¡con qué derecho hablan de Metz, de la semiótica, de la teoría del cine! Pues con el mismo derecho con el que estos señores podrían hablar de Metz, sin necesidad de que tengamos que caerles encima y decir que son unos ignorantes. Lo primero que habría que decirles a León y Bedoya es que para hacer una revista de crítica de cine no hay que pedir una licencia ni a ellos ni a nadie, y que la práctica misma de la crítica implica ciertos presupuestos teóricos y metodológicos, aunque sea inconscientes. Lo que no significa que el crítico haga teoría, por supuesto. Y, por consiguiente, si es cierto que el único crítico voluntariamente estructuralista y metziano de “La gran ilusión” y “Hablemos de cine” fue Desiderio Blanco, es verdad también que Blanco es el padre intelectual de León, Bedoya, y la mayoría de críticos que luego de “Hablemos de cine” pasaron a “La gran ilusión” en la década de los noventa -como De Cárdenas- y luego a “Ventana indiscreta”. Para quien escribe, esa influencia de un modo de abordar la crítica, un tono acartonado y académico, obsesionado por el análisis de las formas, y la evaluación que se distancia de la subjetividad como herramienta de exégesis, es una herencia de la crítica practicada por Blanco, para bien o para mal.

Entonces, una aclaración para León. Le tendría que decir que el que se equivoca de nuevo es él. Yo sí he leído a Huayhuaca, que me parece el mejor ensayista  y pensador de cine que tiene y ha tenido el Perú, de lejos. Estoy seguro que su libro “Una grieta a lo sublime: Viaje a Italia de Roberto Rossellini” es una obra maestra del ensayo -que León y Bedoya deberían de leer bien para tratar de no ser tan superficiales y flojos en sus escritos-. También he leído a Constantino Carvallo, con quien me unió siempre un mutuo respeto y admiración, tanto así que iba a ser el presentador principal de mi libro en el Festival de Cine de la PUCP en 2008, presentación a la que lamentablemente no pudo asistir por su estado de salud. Ese mismo año, José Carlos Huayhuaca presentó, conmigo, la publicación referida en la Feria del Libro de Lima. Entonces señores León y Bedoya, gracias por permitirme esta aclaración: cuando en Caretas me refiero a “la crítica de la vieja generación”, más que aludir a “Hablemos de cine”, me refiero al núcleo de críticos que pasó de “Hablemos” a “La gran ilusión”, liderado por Bedoya, León y De Cárdenas en toda la década del noventa. Es más, podría decir que me parece completamente lógico y natural que Huayhuaca y Carvallo hayan preferido un camino propio. Ese alejamiento de lo mejor de “Hablemos de cine” (junto con la trágica desaparición de Juan Bullita), y lo aburrida y conservadora que fue “La gran ilusión”, en parte nos decidió, a mí y a Claudio, a sacar nuestra revista. Definitivamente, y a la luz del tormento que significa Godard! para estos señorones, tomamos la decisión correcta.

Sebastián Pimentel - Lima, 30 de mayo del 2011