martes, 31 de mayo de 2011

La mirada invisible (2010) de Diego Lerman


Buenos Aires, 1982. Mientras una de las dictaduras más sangrientas de Latinoamérica da sus últimos suspiros, Marita (Julieta Zylberberg), joven preceptora, se encarga de oficiar los rituales y marchas en una de las grandes escuelas de Argentina. Con la complicidad de su jefe, el profesor Biasutto (Osmar Núñez), Marita se convierte en una espía estricta, y, a la vez, en pieza clave de un engranaje de poder que adquirirá proporciones y derroteros insospechados.

El relato se concentra, casi exclusivamente, en los pasillos y claustros antiguos del colegio. Espacio que puede verse como un dominio corroído por el tiempo y de espaldas al futuro –aludido por manifestaciones callejeras que solo podemos escuchar, y que el director pone “en off”. Lerman no deja de filmar, con tomas panorámicas y travellings dilatados, ese mundo cerrado que reproduce el espíritu de represión y control casi omnisciente de los gobiernos totalitarios. Pero más allá de la metáfora social e histórica inmanente al centro educativo -que nos remite al gran panóptico disciplinario de Foucault-, lo que da fuerza al filme es el retrato de su protagonista, muchacha avejentada y tímida que reprime su sexualidad, y que mezcla la sanción y el goce secreto en su vigilia entendida, también, como voyeurismo culposo. A pesar de que el filme acusa demasiado sus intenciones de equiparar el conflicto sexual con el contexto político, no deja de ser una película de momentos intensos y dueña de un propio dominio estético. (en: Somos 28/05/2011