miércoles, 18 de mayo de 2011

Agua para elefantes (Water for Elephants, 2011) de Francis Lawrence


Tras perderlo todo en la Gran Depresión, un muchacho (Pattinson) encuentra refugio en uno de los tantos circos que ofrecen algo de distracción. Estamos frente a un relato de “pérdida de la inocencia” de quien cae, desde una situación acomodada, a las garras de un universo adulto que, poco a poco, va cobrando la forma de una prisión. En ese sentido, uno de los puntos fuertes es Christoph Waltz, especie de padre mefistofélico que se convierte en el centro de gravedad del filme -a pesar de su evidente  parecido con el villano que lo hizo famoso en Bastardos sin gloria (2009). Un elefante, y una bella trapecista (Witherspoon), serán los otros enclaves de una aventura a la que agradecemos sus inflexiones amenazantes, su violencia latente, y cierta ambigüedad, que el director de Soy leyenda (2007) reviste de texturas nostálgicas –aportadas, desde el inicio, por un viejo personaje que rememora la historia.

Es cierto que la cinta termina prefiriendo derroteros convencionales, y que su héroe carece de las zonas oscuras que pueblan su entorno. Pero también habría que decir que si bien Agua para elefantes remeda, conscientemente, el glamour cinematográfico del pasado, lo hace sin ser un filme innecesariamente estilizado, intelectual, o “reflexivo” respecto al género. Si este es un digno homenaje al cine clásico de Hollywood, lo es menos por su producción artística o el brillo de su fotografía, que por constituir una buena demostración de que un cine sin excesiva truculencia, y preocupado por los afectos de sus personajes, puede resucitar en cualquier momento. (versión modificada del texto publicado en Somos, 14/05/2011)

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