viernes, 5 de agosto de 2011

La traición (The Yards, 1999) de James Gray


No podría hablar de La traición sin referirme primero a la mitología que la respalda: El padrino (1972) y Buenos muchachos (1990), por ejemplo, pueden ser influencias imprescindibles a primera vista. Pero la dinámica afiebrada y sobresaltada de estas magistrales sagas dedicadas a la mafia no se corresponden con la taciturna ansiedad que anima la película de Gray.

Pareciera que James Gray le ha dado la espalda a la tendencia cinematográfica norteamericana, y ha hecho un cine de otro tiempo, de una densidad agobiante que bebe de estilos impensables en esta época. En ese sentido, Nido de ratas (1954), de Elia Kazan, es la mayor inspiración de La traición ya desde la naturaleza de la historia: un joven de la clase trabajadora debe sufrir el costo de su incorporación a la mafia gangsteril que anida en su familia, hasta tener que llegar a enfrentarla en una especie de redención personal.

La observación muda que caracteriza el reingreso de Leo Handler (Mark Wahlberg) a la sociedad, se constituye, desde el principio, en el punto de vista por el que se filtra la realidad; mirada que también aporta una perspectiva crítica y desconfiada propia de un joven ex presidiario que ha regresado por una nueva oportunidad, pero que ya ha perdido la inocencia.

La manera de descubrir un universo que ha dejado de ser íntimo va de la mano con un sentimiento de no pertenencia. Así se instaura una sensación de extrañamiento que se hace patente, ejemplarmente, en la fiesta de bienvenida: la imposibilidad de integración de Leo se conduce con la melancolía que baña un cuadro familiar oscuro, resquebrajado y ruinoso, donde la alegría no es más que un modo de aparentar un estado de cosas ausente.

Lejos de esquematizaciones maniqueas, los personajes se encuentran atormentados ante la imposibilidad de escoger; tienen que tomar una decisión equivocada, o injusta, que se resume en no hacer nada, o, simplemente, en dejarse llevar. Así, Leo se deja convencer, por su amigo Willie (Joaquin Phoenix), para trabajar en la red de corrupción que sustenta el éxito del negocio familiar --se podría decir que es el entorno afectivo más inmediato el que lo jalona por este camino. De esa manera, puede redimirse ante su madre, al adquirir un estatus que, de otro modo, no podría tener. Esa es también la única posibilidad que tenía para poder escapar del anonimato en el que se encontraba.

Sin embargo, así como Leo no puede rechazar esta oferta delictiva, tampoco puede participar, de forma efectiva, en las acciones de sabotaje que le tocaba realizar, y, menos aún, cometer un crimen que solucione el problema que creó. Leo está condenado a ser sólo un observador, un espectador “fascinado” ante ese mundo ajeno y siniestro que promete darle lo que quiere, pero que lo paraliza. Y tiene que pagar un precio por eso. Por otro lado, los otros personajes solo pueden dejarse comandar por las leyes del hampa a la que pertenecen. Es así que, con el mismo enfoque,  vemos al capo de la mafia --interpretado por James Caan--, o a su fiel subalterno --interpretado por Phoenix--, ser víctimas de la misma impotencia que caracteriza un silencio con el que condenan, cada uno, a su sobrino o amigo, respectivamente.


El de Gray es un cine de la fatalidad. Todos los personajes de La traición tienen un destino trágico. Pero lo importante es que se trata de una película que puede hacer ver cómo, detrás de la inexorabilidad de los catastróficos acontecimientos, se encuentra un mecanismo social oscuro y enfermo, dirigiendo vidas que sólo pueden responder con un estado agónico de inercia. Es precisamente esa tensión, o turbación interior --que pone a los personajes frente a un conflicto moral ante el cual no pueden responder--, lo que privilegia la puesta en escena, siempre desde la profundidad de unos primeros planos que absorben el más leve gesto de Phoenix, Caan, Ellen Burstyn, Faye Dunaway, y, sobre todo, la apesadumbrada impasibilidad de Mark Wahlberg. De esta forma, el verdadero espectáculo del filme es un concierto de conversaciones y miradas subrepticias, donde se revelan o esconden las pasiones que moverán los hilos del destino.

Desde el punto de vista del estilo, la de Gray es una imagen dilatada, y a su vez sacudida por ráfagas de oscuridad o sombras que mantienen, crepitante, una sensación de incertidumbre. Por ejemplo, está la escena de la terminal del metro en la que Leo ve, como un destello distante, el crimen que está cometiendo Willie; o la escena del hospital en la que es obligado, sin éxito, a cometer un asesinato. Estamos ante una poética cinematográfica donde la carga dramática se concentra en el descubrimiento o la tensión de la mirada. Por otro lado, una letárgica síntesis narrativa nos distancia de la acción física. Con esos largos alejamientos o acercamientos aéreos de la cámara, un efecto nostálgico hace aún más pronunciada esa atmósfera de pérdida, de lánguida tristeza que hace de todo tiempo y espacio, en La traición, una pertenencia del pasado.

En efecto, toda la testificación que hace finalmente Leo para acusar ante la justicia a la red de corrupción que ligaba a las autoridades, a la policía y a la mafia, está contada por su voz en off --a través de un rápido repaso que sólo sirve para acabar con una farsa de la que ya no se quiere ser parte. A diferencia de Nido de ratas, donde el final se propone como el arribo a una gloriosa redención, en La traición el héroe termina como empezó, en la vía de la exclusión y de la soledad absoluta, caminos que sólo pueden acentuarse luego del fracasado intento por integrarse a un sistema, y a una familia, que ya no serán más una nueva ilusión. (Versión modificada del texto publicado en godard! N° 2, setiembre de 2001)