martes, 9 de agosto de 2011

La espera (2002) de Aldo Garay


Las primeras imágenes presentan las paredes herrumbrosas de una antigua quinta de los suburbios. Este escenario, representativo de la Latinoamérica más tradicional y subdesarrollada -esa que está de cara a la precariedad y el olvido- es uno de los protagonistas del filme. Al interior del vecindario, la joven Silvia (Verónica Perrota) está entregada hace muchos años al cuidado de su madre (Elena Zuasti), anciana en exceso demandante que pasa sus días postrada en cama. Finalmente, otro inquilino, un hombre mayor y solitario (Walter Reyna), es la tercera pieza clave de la historia.

Más allá de los avances de la intriga -la joven recibe unas cartas de amor anónimas-, de inmediato nos damos cuenta que estamos ante una peculiar experiencia sensorial. La Espera convoca un estado de trance hipnótico, gracias al ritmo monótono y pausado del montaje, planos abiertos de duración larga, y una cámara inmóvil. Todo esto consigue diluir la poca acción física que hay. El espacio es aprisionante; el tiempo, estático y suspendido. También hay que mencionar el uso del sonido, con los diálogos en voz baja. Finalmente, la textura del video digital -como soporte original- hace que los contornos de los objetos tiengan una definición más borrosa, y que las imágenes al interior del encuadre se hagan más etéreas y fantasmagóricas, en favor de ese estado general de inercia y a medio camino del ensueño.

Todo sirve para expresar un hecho: Silvia ha perdido su vida. Así, la veamos en la calle, o en una fiesta, permanece dentro de ese limbo donde reina la inacción y la muerte, en una dimensión donde todo es distante, pesado. Ella va a trabajar pero está ida, ausente, atrapada por la dependencia tortuosa con su progenitora, que va desde la costumbre de limpiar sus heces, hasta los chantajes y reproches que tiene que soportar. Se podría decir que el alma de la muchacha, su mente, están poseídos por un mundo espectral y mortuorio: el del maltrecho vecindario que encierra el cuerpo de la madre moribunda. Por eso, no es casual que la puesta en escena se conciba a partir de la correspondencia esencial entre el vetusto caserío y ese cuerpo inválido en el que Garay deja ver, con toda su crudeza, las marcas de la podedumbre.


Pero si el verdadero protagonista de La Espera es la antigua quinta, no sólo se debe a que impone un propio espacio y tiempo, sino a que existe un tercer personaje que poco a poco va a adquiriendo mayor importancia: el vecino que suele ayudar en el cuidado de la anciana. A pesar de que Silvia todavía tiene lucidez como para intentar huir de su condena, deberá enfrentarse a los terribles designios que se establecen -sin que ella se dé cuenta- al interior del recinto: esos dominios de sombras y pasiones ocultas son la trastienda de un sorprendente juego de comportamientos fingidos a la luz del día.

La Espera no sólo es un ejemplo de cine puro que remite a un estilo muy riguroso y exigente. También es un trabajo impecable en cuanto al aprovechamiento de pocos medios y el uso del video. Quizá se podrían alzar opiniones encontradas en cuanto a la banda sonora, cuyas intervenciones pretenderían crear tensión en una película que no necesita precisamente eso. Pero, como primer largometraje de ficción, sin duda estamos ante un director de primera, y ante un filme logrado de principio a fin. (versión modificada del texto publicado en Somos, 06 de marzo de 2004)