jueves, 28 de abril de 2011

El fin de los tiempos (The Happening, 2008) de M. Night Shyamalan


Algo pasa con el mundo. No es casualidad que mientras más calentamiento global y más desabastecimiento de alimentos, las películas  apocalípticas proliferen  fecundas en cartelera. El interés por estas producciones lleva bastantes años, y ha hecho que Hollywood brinde títulos tan estimables como Exterminio (Danny Boyle, 2002), Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007), El diario de los muertos (George Romero, 2007), e incluso otros más anecdóticos pero no menos sintomáticos como Cloverfield (Matt Reeves, 2008) o El día después de mañana (Roland Emmerich, 2004).

Pues bien, ahora le toca el turno a M. Night Shyamalan (autor de El sexto sentido, 1999, y otras populares cintas como Señales, 2002), justo cuando su carrera  pasaba por un mal momento -luego del fracaso de La dama en el agua, 2006-. El argumento es sencillo: un extraño síndrome ataca a los habitantes de América, cuando dan un paseo por los parques de sus ciudades. Al parecer, los paseantes entran en estado de desorientación. Víctimas de lo se conjetura es una “neurotoxina”,  pierden su instinto natural de sobrevivencia, y cometen una especie de suicidio colectivo. Este fenómeno empieza a repetirse cada vez más, mientras la pareja protagonista (Mark Wahlberg y Zooey Deschanel) huye de la zona de desastre.

Desde un principio, es evidente que no estamos ante un fastuoso despliegue de efectos especiales. Shyamalan se enfrentaba a un presupuesto ajustado y se veía obligado a demostrar lo buen cineasta que  puede ser con pocos medios y bastante imaginación. Y es así que su estilo límpido –deudor de Hitchcock y Spielberg- se detiene a filmar árboles y bosques bañados por el paso de un viento suave pero persistente, mientras la música de James Newton Howard, su habitual colaborador, aporta una sutil cuota de ansiedad.


El fin de los tiempos no es una película de horror. Menos de acción. Los mecanismos del suspenso y las “sorprendentes” vueltas de tuerca se dejan de lado para favorecer un cine más próximo a la contemplación, a los afectos, y la evaluación de los vínculos humanos que surgen frente a la desesperación y la orfandad. Lejos de mostrar solidaridad y unión ante el desastre, abundan escenas, algunas muy duras, en las que Wahlberg se enfrenta a la indiferencia y la locura de los demás -como esos hombres que no temen disparar al más indefenso para rechazar todo contacto humano, y una solitaria anciana que resulta ser aún más atemorizante en su mezcla de amabilidad y desquiciamiento-.

Nada en el filme resulta caprichoso o hecho al desgaire. Sus imágenes son realmente fascinantes. Sobre todo, porque aquello que parece exterminar a los hombres se propaga, por el espacio, de una forma totalmente invisible. Solo podemos ver la brisa que hace mover las frondosas y verdes copas de los árboles, o la ondulante hierba de los bosques. La belleza natural se vuelve entonces creadora de un fenómeno que devuelve, a la vida, ese misterio tan suyo que, por lo general, estamos obstinados a no ver. ¿Qué hay que ver en la imagen? Pues la misma transparencia, así como el viento o el movimiento de las plantas, verdaderos protagonistas de este bello filme donde el amor de la pareja luce tan “infantil” como el asombro que late en cada toma.(versión corregida del texto publicado en Somos 21/06/2008)