lunes, 11 de abril de 2011

BAFICI 2011: Las marimbas del infierno (2010) de Julio Hernández

Gasolina, ópera prima de 2008 del guatemalteco Julio Hernández, contaba la vida de un grupo de adolescentes de clase media de Guatemala. Pero lo que llamaba la atención era el melancólico estilizamiento de la mirada, que prefería la distancia, encuadres con mucho de vacío y nocturnidad, lejanía que potenciaba el no-futuro de un territorio suburbano y una generación perdida en alguna dimensión desconocida de Latinoamérica. Estos méritos de composición y tempo no podían, sin embargo, encubrir del todo una ficción endeble, un registro más que una narración, un "mostraje" que resentía su calidad de representación apenas lograda, en fin, lo de Hernández parecía, por momentos, un ejercicio de estilo, más que un drama logrado.

Las marimbas del infierno, su segunda película, es todo un triunfo, desde su primera secuencia-prólogo. Don Alfonso (Alfonso Tunché) es un músico de mediana edad. Lo vemos relatar, a quien suponemos es el director del filme -siempre en off- el drama de su vida y el vínculo esencial con su herramienta de trabajo: la "marimba", especie de xilofón de madera e instrumento musical original de Guatemala. Don Alfonso se ha separado de su banda, y cuenta sus desventuras tras haber sido extorsionado alguna vez por una pandilla. Más tarde, veremos que también debe enfrentarse a las represalias de sus ex-compañeros de banda, que pretenden quitarle su marimba, lo único que tiene -vive solo, lejos de su familia- y que ama tanto o más que a su propia vida. La secuencia termina, y empieza la película propiamente dicha, donde el  documental pierde sus contornos y parece mutar hacia ese "género" tan contemporáneo y algo indefinible, en el que ya no se presentan entrevistas sino una ficcionalización de personajes auténticos que pasan a ser filmados en su día a día. 

La re-presentación se vuelve juego, ensayo libre que pretende devolver, en calidad de ficción, una aventura entre real e imaginada de personajes no-ficticios. El "guion", por su parte, se centra en un proyecto inverosímil de Don Alfonso: como ya no lo contratan en los restaurantes turísticos, el músico se anima a seguir los consejos de "Chiquilín" (Victor Hugo Monterroso), pendenciero de la calle que lo relaciona con Blacko (Blacko González), viejo metalero y líder de una secta evangalista.

Solo basta describir un poco a los personajes, y al delirante proyecto que emprenden -la formación de una banda de metal que incorpore a una marimba acústica como instrumento-, para entender de que estamos ante una comedia más que frente a un drama. A veces, el cine se basta de un hecho improbable, inverosímil, para darle a la realidad plana y vacía un vuelco hacia la fabulación, hacia la aventura, hacia la expectativa por lo que pueda pasar. Y mejor aún si estamos ante estos tres "exiliados" de la vida, tanto más extraordinarios cuanto más serios son. Hernández, lejos de mirar con autosuficiencia, o distanciarse demasiado, se acerca, muestra las lágrimas de Chiquilín en un momento inesperado, deja fuera de campo la violencia, filma con el sistema que le conocemos -planos fijos, colores pasteles y cálidos, encuadres que colocan a los rostros y los cuerpos en una porción inferior o esquinada, acompañándolos de tan solo un color o una superficie vacía-, y se aleja de los vanos "realismos sucios" o del "efectismo de reportaje". 

El destino de la cinta tiene que ver, entonces, con el humor desmadrado de los ensayos de "Las marimbas del infierno", con los aires de "star" de Blacko, con las risas nerviosas e indefinibles de Chiquilín, y, sobre todo, con esa serena convicción de Don Alfonso por la cual toda orfandad es bienvenida si la condición es no  separarse, nunca, de su instrumento musical. La miseria existe, la pobreza y el abandono en un mundo sin posibilidades también, pero eso no parece importarle a estos tres entusiastas, a los que ningún drama parece capaz de doblegar. El mundo de Hernández está hecho de una sutil ficcionalización que ya no necesita estirar la angustia. El poder narcótico de sus rosados y amarillos convierten la miseria en sueño, las vidas clandestinas en exaltaciones vitales, a los metaleros en héroes quijotescos, y a Don Alfonso en un personaje perdido de algún western moderno.