miércoles, 27 de abril de 2011

Bafici 2011: Attenberg (Tsangari) y Mercado de futuros (Álvarez)

Terminamos nuestro adelanto sobre el Bafici 2011 con la continuación del  repaso -iniciado con el comentario de Tilva Ros y Las marimbas del infierno- de algunas de las películas que formaron parte de la competencia internacional en la última edición del festival. La ganadora fue el documental Qu’ils reposent en revolte (des figures des guerres), de Sylvain George (2010), un abordaje de la inmigración ilegal en Francia. La crónica completa del Festival aparecerá en la próxima edición de la revista Godard!

Attenberg (Athina Rachel Tsangari, 2010)

Interesante exploración de tres personajes no sabemos si extraños, desadaptados, díscolos o excéntricos: un padre y su joven hija, más la amiga de esta, conforman una pequeña sociedad en la ciudad griega de Attenberg -especie de suburbio de clase media que Tsangari filma sin amor, casi como denunciando su falta de alma, de vida, de movimiento. Pero lo importante quizá no esté en la abulia, vacío, o desinterés que procura el espacio social –que parece no existir, o en todo caso ha sido negado-, sino en el comportamiento de los personajes. El filme se inicia con una coreográfica puesta en práctica de un beso entre las amigas -menos lésbico y más lúdico cuanto más rígido y metódico-, que puede verse, también, como una forma de prueba descreída de dos mujeres ajenas a las convenciones de género, a las formas consuetudinarias de seducción y tentativa sexual. Las protagonistas de este filme, más bien, están en un estado “salvaje” o “asexual” -o quieren estarlo, imitando, cuando pueden, a los animales de un documental que pasa la televisión; ensayando gritos guturales en la cama; o sincronizando bailes, paso por paso, llenos de una mecanicidad propia del que no sabe bailar, o no sabe cómo “sexualizar” su propio cuerpo.


Tsangari filma con encuadres frontales y simétricos que, desde el punto de vista formal, hacen recordar la geometría visual de Kubrick o del Godard de El desprecio. Suele partir de una toma panorámica para acercarse a sus objetivos, pone en foco el vacío como entorno, y la quietud como atmósfera a ser violentada por la expresión de sus protagonistas -“animalización” que, de alguna forma, parece más un ensayo, la pretensión de libertad de un alma angustiada, más que una efectiva y completa “liberación”.

Con todo esto, Tsangari inquieta, es hábil para relacionar a sus personajes -que prueban diversas combinaciones entre ellos: la filial, la cómplice, la traidora, la incestuosa-, pero no tanto para evidenciar alguna forma profunda de dolor. La impresión que se tiene es la de la exhibición de un inusual espectáculo de la desadaptación, más que un análisis de los afectos o la inmersión en lo que de descarnado y conmovedor pudo tener ese análisis. La primera visión de Attenberg nos deja interesados -pero con una sensación incompleta, de superficie, al límite de la autoindulgencia.

Mercado de futuros (Mercedes Álvarez, 2010)

Una de las joyas del festival es este nuevo trabajo de Álvarez, quien ya había deslumbrado con esa verdadera arqueología de la imagen que fue El cielo gira (2005). Esta vez, Álvarez vuelve con un particular y muy profundo estudio de la experiencia del tiempo, que para ella –y en ello recae parte de la grandeza de su cine- nunca es uno meramente individual, sino también colectivo, epocal.

Las imágenes iniciales muestran una vieja casona que es abandonada, una mudanza. Luego vemos los libros apolillados -la cámara se centra en la biblioteca- y objetos a ser vendidos en un mercado donde son repartidos por el suelo, en un rincón de Barcelona algo ajeno a lo que tiene al lado: un rascacielos alberga una feria internacional de compañías inmobiliarias donde se vende toda clase de casas o departamentos bajo el rótulo de la oportunidad de inversión soñada: el espacio del futuro.

Lo de Álvarez no es el gesto nostálgico, o la fruición melancólica convertida en tópico. Por el contrario, si este es un cine filosófico, habrá que buscar preguntas no tan fáciles de formular con palabras. En primer lugar, los objetos: exhibidos en la tierra, sobre una alfombra, en ese “rastro” o mercado de baratijas. Son las cosas “usadas”, desechadas, llenas de huellas, de grietas, hechas de desgaste, de tiempo. Los protagonistas de este filme no son tanto los hombres, como los objetos y los espacios. A ese espacio frugal del “rastro” -asentado en los linderos de las vías de un tren, en las esquinas no pavimentadas que aún sobreviven a la  modernización de la ciudad- se contrapone ese edificio metálico, fundido con la geometría perfecta del vidrio, superficies duras y compactas que invisibilizan la huella o la grieta, superficies que parecen engañar al ojo y proyectar una textura ajena a la erosión del devenir.

Lo más cómico y, quizás, triste, vendrá después, con la inmersión de la cámara en los recintos corporativos, donde todo es virtual: las ventas, la especulación financiera, y la materialización de la virtualidad en las maquetas de las viviendas de verano que se venden en la feria. En esos muñecos -que habitan casas de cartón y plástico-, en esas ciudades de juguete que lucen sus colores brillantes, su consistencia frágil y algo incorpórea, se hace concreta una “imagen mental”, pero también una disposición del espíritu: lo único real es lo que se ofrece al capital como ganancia, como inversión, como producto de valor en la oferta venidera, “actualizable” pero no “actual”. Las vidas están entonces retratadas por ese arte de la miniaturización que es también mercancía a ser imaginada, vendida o comprada: una disposición hacia el futuro. Este es un pensamiento y una vida a la que solo le interesa lo que será rentabilizado, habitado en el no-tiempo, en la abolición de la conservación, el olvido del pasado, de lo viejo, lo “estático”.


La comedia se completa con la filmación de esa comunidad corporativa azotada por las consignas de los líderes o “gurús” de las “sociedades del futuro”, de las “corporaciones sobrevivientes”, donde el éxito recae en la capacidad de predestinar, de avizorar, de adivinar, de adelantarse a los cambios. La mentalidad del capitalista, el inversor, o el gestor, será entonces una forma de adivinar las virtualidades, de profetizar el futuro -de vivir en él-, para “ganar” la partida del mundo. Luego, un público de ejecutivos mira extasiado, con sus lentes 3D, esos viodeoclips entre apocalípticos y mesiánicos que instan a ser del futuro, y nada más que del futuro. Los ambientes de esta convención son asépticos, forrados en plástico y atmósferas intangibles, todo lo contrario al cielo abierto, el desorden,  la exposición solar y sensorial del pequeño mercado de trastos y objetos desechados, olvidados, signos del pasado y lo que pierde "valor".

Álvarez  mimetiza su estilo de forma sutil. Geometriza el espacio cuando se trata de la Bolsa y de la feria empresarial. Procura encuadres cerrados de las autopistas, de forma que solo queden estructuras metálicas luminosas surcando un espacio oscuro y recto. Y se borra, también, el ruido de ambiente: queda la pura forma en serie, moderna, inorgánica, silenciosa. Y allí es cuando pensamos que, quizá, el ruido del mercado popular -la confusión de voces, la textura sonora abierta a un ambiente silvestre que es un “rastro” antiguo- es el único que nos proporcione algo de “vida”. 

Y en efecto, el documental no solo enfrenta dos espacios (uno esquinado, que ha crecido como un último reducto de hierba salvaje sobre el pavimento, frente a los edificios de nueva generación donde se realiza el otro), sino también dos personajes. Uno es múltiple, encarnado por los ilusionistas de maquetas y capos del management; el otro es tan solo uno, el menos poderoso y rico, casi el indigente: en el mercadillo, vemos a un viejo barbudo sentado al frente de su kiosko. Los paseantes se le acercan para preguntarle por algunos repuestos, piezas sobrantes, objetos usados sin más, pero al anciano no parece interesarle demasiado la venta. Suele decir: “sí tengo, por allá está, pero me da flojera buscar”. Otra comedia, pero una alegre. Todas las cosas confundidas, polvorientas, marcadas por la edad -como las desvencijadas muñecas que parecen dar réplica a los maniquís miniaturizados de las maquetas del futuro- son custodiadas por un “caballero” en paz, anónimo y señor del paso de los años, de la contemplación pura. El viejo no está consumido por la angustia, ni siquiera la angustia propia de su oficio: la de vender. Es que el viejo ya no vende, parece decir Álvarez, solo está representando un papel en el mundo, y su custodia de la acumulación de trastos se vuelve otra cosa. ¿Qué cosa? Es la pregunta que nos deja este filme casi mudo, que parece diluir todo lo sólido, y que parece convertir en alegría la agonía del pasado, así como en angustia la euforia del futuro.