jueves, 16 de febrero de 2012

La joven de la perla (Girl with a Pearl Earring, 2003) de Peter Webber


El documentalista británico Peter Webber hace un buen debut como director de ficción con esta adaptación cinematográfica de la novela de Tracy Chevalier -libro que imagina la historia que estaría detrás de un célebre retrato del pintor holandés Johannes Vermeer-.

La cinta empieza cuando, luego del accidente que sufre su padre, la humilde Griet (Scarlett Johansson) se va a trabajar como sirvienta a la casa de Vermeer (Colin Firth). La muchacha debe soportar el mandato tiránico que ejerce la suegra (Judy Parfitt) y la esposa del pintor (Essie Davis) sobre toda la familia. Griet soporta con dignidad su condición de sierva, pero, a la vez, siente una gran curiosidad por develar el misterio que rodea a la figura del genio -personaje que el director, astutamente, oculta ante los ojos de la protagonista y del espectador-.

El filme no se concibe como una de esas producciones que tratan de lucir, ostentosamente, la reconstrucción de la época (el siglo XVII). El éxito de La joven de la perla está en su economía visual. En medio del represivo orden de la casa, el trazado de tímidos vistazos, y certeras auscultaciones , permite, a los personajes, establecer batallas y resistencias que se constituyen en materia dramática -como los terribles celos que la esposa de Vermeer y la hija mayor, Cornelia, sienten ante la presencia cada vez más preponderante de Griet. 

Este arte, de filmar las miradas, tiene dimensiones eróticas y micro políticas, pero también estéticas: la joven Griet descubre los prodigios de la luz y el color, siempre bajo los influjos y las instrucciones del hermético pintor que interpreta Firth. Ese es uno de los temas de la película: el descubrimiento de la belleza en las cosas más simples, esa revelación esencial que llega gracias a una diferente manera de ver (algo que también se consigue gracias al tratamiento de la luz que hace Eduardo Serra). Sin embargo, este cometido va más allá de la fruición contemplativa o el virtuosismo fotográfico, ya que el alma de Griet -escondida en su bello rostro- se convierte en el centro de atracción que hace confluir la pasión artística con la perversión. Y el realizador Webber logra mucho de eso cuando, a través de dilatados primeros planos, Scarlett Johansson desnuda sus ojos y los sostiene en el difícil equilibrio de la perturbación, la fragilidad y la inocencia.

A veces se siente que Webber es algo tímido para hacer sus apuestas, y está al borde de quedar atrapado en su corrección narrativa o el manierismo estilístico. Pero si esa medianía queda superada es por la sutil crueldad que sobrevuela todo el relato: Griet es objeto de uso como sirvienta; es objeto de un deseo que, poco a poco y soterradamente, se contagia entre todos; es  objeto de obsesión sádica (ahí está la demoníaca Cornelia para corroborarlo); y, finalmente, es objeto de contemplación estética. Lo interesante es que el papel que la chica juega para el pintor también promete un amor sugerido aunque irrealizable, que está en el límite de la materialización y la imposibilidad.

Es verdad que el de Griet es una especie de martirologio que da la sensación de que pudo ser explorado con más profundidad, de que pudo ir más lejos. Sin embargo, La joven de la perla no deja de ser una bella película cuyos hallazgos evaden los lugares comunes en los que suelen caer este tipo de filmes. (Somos, 03/06/2006)