martes, 14 de febrero de 2012

J. Edgar (2011) de Clint Eastwood


Este biopic sobre Edgar Hoover, injustamente relegado de las nominaciones de la Academia -seguramente por el trasfondo político detrás de quien fuera director del FBI por cinco décadas-, es un nuevo logro de Eastwood. A través de planos cercanos, una voz en off confidente -el punto de partida es el relato de las memorias del protagonista en su vejez-, de retornos al pasado y contrastes con el presente, se esculpe un carácter, costados débiles y culposos, fobias y obsesiones, los reductos más temibles y dramáticos del hombre más poderoso de Estados Unidos.

Eastwood trabaja con una dinámica de puntos de vista que vienen y van hacia el personaje; y hace de la actuación de DiCaprio el centro de una poética de la autoexploración. A la par que van sucediéndose los hechos políticos -guerra al comunismo y las mafias, investigaciones criminales, sucesión de presidentes-, salen a la luz las verdades de un hombre reprimido: su madre, su soledad, su sexualidad contenida, su mitomanía perversa. La fotografía está llena de claroscuros, de un cromatismo diluido, de perpetuas sombras o tinieblas que configuran una especie de estado natural de vida. Pero hay un brillo esencial, que es el de la relación de Hoover con Tolson (Arnie Hammer), su brazo derecho en el FBI, un vínculo que escapa a todos los clichés, como el de Maggie y Frankie en Golpes del destino, como el de Kowalsky y su vecino adolescente en Torino, y que le da al filme una hondura difícil de igualar.  (Somos, 11/02/2012)

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