lunes, 6 de febrero de 2012

La hora 25 (25TH Hour, 2002) de Spike Lee


Mucho tiempo ha pasado ya desde Haz lo correcto (Do The Right Thing, 1989), ese recorrido inaugural por los barrios negros de Nueva York -que también fue una inigualable explosión de humor, violencia y color para el cine americano de la época. En La Hora 25 no solo se trata de una historia de blancos, sino de una narración que, si bien conjuga la misma soltura, lo hace, esta vez, con influjos melancólicos, en ritmo como en tonalidad visual.

El filme, basado en la novela de David Benioff -a quien también le pertenece el guión-, aborda el último día de libertad de Monty Brogan (Edward Norton), vendedor de droga que va a tener que pasar siete años en prisión. Antes de ir a la cárcel, Monty decide reunirse con sus amigos de la infancia: un vendedor de acciones en Wall Street (Barry Pepper) y un profesor de literatura (Philip Seymour Hoffman). Además quiere saber quién lo delató -duda incluso de su novia-, mientras se celebra una fiesta de despedida que organizan los gángsters rusos con los que trabajaba.

Pronto nos enteramos que, como el mismo Malcolm X (1992), Brogan estaba a punto de dejar su estilo de vida --ilegal y dependiente de una mafia organizada--, pero es súbitamente  traicionado y arrojado a las fauces de un destino sombrío. Por eso, desde el inicio, hay una sensación de desasosiego y de pérdida. Y lo interesante es que ese sentimiento se conduce con uno colectivo, histórico, hasta universal: el de una Nueva York posterior a la caída de las Torres Gemelas. Se trata de mirar una época más desencantada, más descreída del futuro, de la misma manera en que el protagonista encara su  porvenir.

Sin embargo, La hora 25 es más que un canto pesimista. Mucho de su magnetismo reside en sus personajes, impregnados de la velocidad que identifica a su ciudad, o en lo excitante de ese reencuentro a través del cual se pasa revista a una urbe que no para. A Lee siempre le fascinó la textura multiétnica de Nueva York, su caos y su neurosis, y aquí lo celebra mediante una lectura muy actual del estado de cosas, pero también a través de sentimientos límites de amor y odio del personaje que interpreta Norton (hay que recordar su monólogo frente al espejo, ilustrado por encendidas imágenes de negros, italianos, coreanos, puertorriqueños, etc.).

Otro registro subyacente del filme tiene que ver con esa radiografía de América que representan los tres amigos. Uno hace dinero fuera de la ley vendiendo droga, otro se enriquece "engañando a la gente" legalmente en Wall Street, mientras el profesor de colegio representa un estilo de vida más inocente, pero derruido por su forma de vida reprimida, por su frustración profesional.

Estamos lejos del sueño americano. Lo que no impide que se haga tan convincente la amistad y amor que, a pesar de todo, conserva este grupo de personajes que completan Rosario Dawson y Brian Cox. Tampoco podemos dejar de mencionar la capacidad del director de Jungle Fever para hacer tan “transparente” un estilo siempre presto al rapto lírico o alucinado, o al apunte poético que se desliza, lenta y suprepticiamente (allí está la larga onversación nocturna entre Pepper y Seymopur Hoffman frente al forado abierto por la caída de las torres), en las imágenes de La hora 25. (versión modificada del texto publicado en Somos, 14/06/2003)