martes, 4 de junio de 2013

Farenheit 9/11 (2004) de Michael Moore



 
El tema central de Fahrenheit 9/11 es la guerra. ¿Porque EE.UU. atacó Irak? ¿Por qué y para qué han muerto miles de personas? Esas son las preguntas que se hace Moore, y que articulan la película a través de inferencias y deducciones que se siguen sin esfuerzo, o de sugerentes silencios y comentarios irónicos apoyados por imágenes poderosas. 

Moore sabe que no tiene sentido ser imparcial ni tampoco panfletario. Quien vea Farenheit 9/11 no se topará con propaganda política, sino con una voz que dialoga con las imágenes que muestra, y que van constituyendo un discurso, si bien subjetivo y parcializado, también rico en preguntas y cuestionamientos sobre la naturaleza humana. El espectador se sorprenderá de lo vulnerable que es la mente de los hombres cuando vea unos adolescentes enloquecidos, como si quisieran ser máquinas de matar, gracias a un rock fuerte conectado a sus cascos desde el Pentágono; de lo frágil que es la población civil ante la manipulación mediática; de lo vergonzosa y contradictoria que puede ser la vida de los políticos –demócratas incluidos– gracias al revelador contraste que se logra con material de archivo, o por la interpelación que el mismo Moore hace a los parlamentarios en las puertas del Congreso. 

Farenheit 9/11 es un edificio fílmico sólido y lleno de compartimientos, donde cada entrada nos lleva a la siguiente pregunta y abre otras. No sólo explica –como lo resume genialmente la cita final de George Orwell– la guerra como una maquinaria atroz, diseccionando los mecanismos sutiles que encubren los intereses económicos de la clase dirigente. También redescubre las posibilidades del documental: la voz en off tiene el tono mordaz y la ingenuidad fingida de las inquisiciones socráticas, pero, a la vez, sabe callar para que la pura observación responda a la reflexión hablada; todo engarzado por una dirección que usa magistralmente los contrapuntos musicales y las alusiones al imaginario popular, por citar solo algunos de los recursos de Moore.

Es cierto que en una primera instancia podríamos calificar este filme  como un documental político. Pero Farenheit 9/11 también es, por momentos, una comedia negra, una película de ciencia-ficción apocalíptica, una cinta de horror, o un melodrama que quita el aliento por la desgarradora urgencia de los testimonios. El valor puramente fílmico también está en haber hilvanado, con una fluidez impresionante, todos estos registros que Moore ha extraído de la historia reciente que le ha tocado vivir al mundo. 

Como dijimos a propósito de Bowling for Columbine, Fahrenheit 9/11 es lo mejor que le ha podido pasar al cine americano en estos tiempos narcisistas y de cómodo individualismo. No sólo es una exhortación que nos devuelve a una polémica, a una indignación y un debate que no debería terminar. También  le brinda al género documental el poder de acción e influencia que, probablemente, nunca antes tuvo. (versión modificada del texto publicado en Somos, 21/08/2004)