miércoles, 7 de noviembre de 2012

Un reino bajo la luna (Moonrise Kingdom, 2012) de Wes Anderson




El cine de Wes Anderson parece dialogar con el artificio visual y narrativo de los libros de cuentos, a partir de un tono de fábula y comedia, por más que se pongan en escena duros aprendizajes de vida. Esta vez, el mundo perdido –coloreado por tonos pasteles llenos de luz– es el de un pueblito de los bosques, y un campamento de boy scouts liderado por el Sr. Ward (Edward Norton). Allí, el púber Sam (Jared Gilman) decide fugarse junto con Suzy (Kara Hayward).
 
Todas las coordenadas del romanticismo se descubren con sutileza: la empresa imposible, la búsqueda de la libertad; la autenticidad en comunión con la naturaleza, versus la hipocresía de los adultos y la sociedad. Pero si esta es una película especial  –como todas las de Anderson– se debe a la articulación novelesca, y hasta teatral, de los sucesos; a la frescura de las actuaciones; el ingenio de diálogos irónicos, o, simplemente, irrisorios, que van matizando a los personajes. Así se va logrando una red de relaciones compleja (entre padres e hijos, entre autoridades y subordinados), donde se forman amistades allí donde uno no pretendía encontrarlas. Sam, el protagonista, es, finalmente, un nuevo avatar del personaje del Genio (todos los héroes de Anderson lo son) que no encuentra un lugar en el mundo, ni una forma de relacionarse con los demás, o de mostrar sus sentimientos. Esta puede ser la película del director de Rushmore (1998) donde es menos difícil acercarse al amor, a la felicidad, o, simplemente, a breves momentos en el paraíso. (Versión modificada del texto publicado en Somos, 03/11/12)