domingo, 31 de marzo de 2013

Amour (2012) de Michael Haneke

El registro del dolor o la dignidad de la expresión.
















Anne (Emmanuelle Riva) y Georges (Jean-Luis Ttrintignant), una pareja mayor de profesores de música, vive pacíficamente en su apartamento parisino. Una mañana, cuando toman desayuno, ella no responde a las palabras de su esposo, mientras este trata de sacarla de su estupor. Así inicia el último filme –ganador de la Palma de Oro de Cannes, y Oscar a mejor película extranjera– del Michael Haneke (Escondido, La cinta blanca). 

Muchas son las virtudes del filme, que se basta a sí mismo con dos actores y las contadas estancias de un departamento. De una forma casi “científica”, se descubren los hitos que marcan el deterioro del cuerpo y la mente de Anne. En los mismos planos, observamos la compañía tensa y lúcida de su marido. En Amour, la lucha parte de la mayor contención, la mayor dignidad. Georges se mueve con fragilidad, pero el cuidado que le dedica a Anne no tiene límites –lo que no se exterioriza con ninguna gestualidad exacerbada. El dramatismo es más hondo y preciso, en la medida en que se rehúyen todos los “efectos dramáticos” posibles. Así sale a relucir, en las imágenes, la verdad de una relación que, desde su cotidianidad y discreción, termina siendo épica y extraordinaria. Mención aparte para Trintignant y Riva, así como para un par de secuencias extrañas y oníricas cuyas connotaciones y sentidos probablemente lleven, a Amour, hacia un terreno aún más profundo y conmovedor. (En: Somos 09/03/13)