viernes, 6 de abril de 2012

El espía que sabía demasiado (Tinker Tailor Soldier Spy, 2012) de Tomas Alfredson


El director de Criatura de la noche (Lat den ratte komma in, o Let the Right  One In -como se tituló en EEUU-) confirma su talento con esta adaptación de una novela de John Le Carré. La acción, ubicada a principios de los setenta, se centra en un equipo de inteligencia británico y en todas las posibles traiciones que se ponen en juego, más aún cuando hablamos del arte de trabajar un equilibrio sinuoso entre los dos bloques en pugna de la Guerra Fría. Gary Oldman, con todo el magnetismo que genera la  contención actoral que ha procurado para este papel, se convierte en un espía dentro de su propio grupo de agentes. Por otro lado, la recreación de época no se hace desde la ornamentación, sino desde la atmósfera derruida de la burocracia que rodea a esta banda de en contubernio alrededor de Europa. 

La cámara de Alfredson nunca es abierta, sino parcial, siempre revela y esconde algo, en un juego de relecturas que, además, incorpora a la memoria. En ese sentido, este es un rompecabezas, una continua reconstrucción de hechos. El desconcierto, los movimientos subrepticios, fuera del campo visible, el sigilo y el misterio, es parte de una poética tenebrista. Y ya no hablamos de una alianza secreta entre un niño y un vampiro -como en la anterior cinta del autor-, sino de pactos encubiertos entre hombres que vuelven ambiguas y peligrosas todas sus relaciones. El espía que sabía demasiado es un filme extrañamente lírico y melancólico sobre la mirada y los compartimentos más oscuros del alma. (versión modificada del texto publicado en Somos, 31/03/2012)