lunes, 8 de noviembre de 2010

Una mujer dulce (1969) de Robert Bresson

Publicado originalmente en la revista Godard! Nº 23.


Después de Mouchette, Bresson abandonaría el blanco y negro para siempre. Pero no solo el blanco y negro. También se abandonaría una visión del mundo -una que había acabado con mayo del 68- para virar la mirada hacia un diagnóstico del  porvenir -más cerca del desencanto ante el materialismo y el consumismo de los años ochenta, que del humanismo existencial de la posguerra. Antes de Una mujer dulce, los de Bresson eran personajes llenos de heroísmo y fe, y estaban marcados por un destino que llevaba hacia la "gracia" o la libertad (que podía llegar con la muerte -Diario de un cura rural, Mouchette, El proceso  de Juana de Arco-, con la prisión -Pickpocket-, o la fuga de la prisión -Un condenado a muerte se escapa-). 

Paradójicamente, al dar paso al color -en el umbral de la entrada a los setentas- su obra se hizo más negra, más oscura, menos heróica -salvo el caso, quizás, de Lancelot du Lac, que, no por casualidad, es una película de época-, y directamente enfrentada con la desesperanza y la desorientación de los jóvenes en una época donde ya se ha perdido todo rezago de "fe" que permita alguna redención, o de creencia en vínculos mínimos que vayan más allá del vacío que impone la modernidad y el capital (El dinero).


Una mujer dulce se basa en un relato de Dostoievski -quien inspiraría al cineasta francés más de una película-, y cuenta la historia de una bella y sensible muchacha (Dominique Sanda) a partir de su suicidio, a la manera de una indagación en el misterio que la llevó a morir. Quien comenta el caso, a la manera de un testigo privilegiado, es el esposo -joven burgués enrolado en el negocio de antigüedades y joyas-, ya viudo y absorto ante los hechos. La película se estructura a partir de continuas evocaciones, con el propósito de auscultar un enigma que nunca se resolverá del todo. Sin embargo, como en toda película de Bresson, lo importante no es la intriga, sino el proceso interior de la joven, a quien vemos indirectamente, a través de la mirada de su esposo. ¿Qué busca esta mujer?, ¿por qué es infeliz?, ¿qué es lo que no puede colmar? 

Ella parece encontrar la felicidad cuando se casa, aunque sabemos que sigue sin encontrar su lugar, sigue en un estado “evanescente”, en la medida en que no puede asumir un papel de trabajadora, ni de esposa, ni siquiera de la amante que finge ser en un momento. Hay algo en el mundo, en el vacío del mundo, en sus reglas sociales, en su hipocresía, hay algo que falta. Ella no puede ser una mujer “normal”. Quizás haya un exceso de dulzura detrás de su desorientación. Quizás esa sea una cualidad que no está permitida en estos tiempos, y, para poder sobrevivir, sea necesario dejar de ser “dulce”. Y hay algo de crueldad en este relato negro, exento de cualquier impulso lírico, y más cerca de un duro y puro “atestado”, que ninguna otra película de Bresson.