miércoles, 7 de marzo de 2012

El artista (The Artist, 2011) de Michel Hazanavicius


Sin dudas la apuesta de Michel Hazanavicius es, conceptualmente, bastante audaz: hacer un filme mudo, recreando el estilo de los inicios de Hollywood, convocando alegría y tristeza por igual. En realidad, la baraja de cartas es conocida para los cinéfilos: la historia del actor de la era silente que, tras el arribo del sonido, se convierte en una estrella olvidada, ya está en Sunset Boulevard; el cuento de amor entre un ídolo en ascenso (Bejo) y uno en descenso (Dujardin) nos recuerda Nace una estrella de Cukor, mientras nos llegan otras resonancias de Cantando bajo la lluvia, y, en algunas resoluciones visuales, Ciudadano Kane.

Lo mejor del filme está en la capacidad del director y los actores para configurar un registro físico y una estética antigua que funcionen a un nivel de complicidad con el espectador. Esto, incluso, continúa su impronta lúdica con las citas (la música de Vértigo de Hitchcock), y  la doble lectura de muchos diálogos leídos en intertítulos (Dujardin no quiere hablar para el cine sonoro, pero tampoco quiere conversar con su esposa). La fotografía, la limpidez de los planos, el uso naif de pocos elementos, resultan atractivos en un primer momento. Pero la fórmula se desgasta pronto. Los personajes no revelan profundidad, las situaciones se vuelven demasiado predecibles. El artista puede ser el homenaje a un cine mudo ligero, complaciente, hecho de clichés, de juegos de lectura. Lo que no basta para hablar de una cinta de veras arriesgada y conmovedora.  (versión modificada del texto publicado en Somos, 03/03/2012)