martes, 1 de mayo de 2012

El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011) de Terrence Malick


El primer largometraje de Terrence Malick (Malas tierras) data de 1973, y constituyó uno de los hitos de la renovación de Hollywood en esa década, junto con los trabajos de Coppola, Scorsese, De Palma, o Bogdanovich. Pero Malick probaría ser el más intransigente con sus postulados estéticos, en búsqueda de los más ásperos cuestionamientos morales del ser humano, incluyendo temas como los del pecado original, la relación con la Naturaleza como “paraíso perdido” desde un ángulo más bien cósmico, y otras coordenadas existenciales como las del perdón y la posibilidad de trascender las barreras individuales de la civilización.

Ganadora de la Palma de Oro en Cannes, El árbol de la vida es uno de sus filmes más arriesgados, pero también uno de los más sugerentes. A través de una larga rememoración, vamos de la ciudad al mundo rural en los años cincuenta, especie de remembranza idílica donde se pone en escena el aprendizaje de vida al interior de una típica familia americana. Malick logra comunicar al espectador una serie de preguntas que surgen no desde la intriga, sino desde un conjunto de sensaciones o “revelaciones”, insinuaciones, percepciones prohibidas, contrastes, y gestos que se van acumulando y van enhebrándose con una lógica casi velada. Se podría decir una experiencia de resonancias “bíblicas” que alcanza un profundo lirismo, y que no teme remontarse a los confines de la creación. (Somos, 28/04/12)

viernes, 27 de abril de 2012

American Pie Reunion (2012) de Jon Hurwitz y Hayden Schlossberg


American Pie (1999) significó un nuevo inicio para las comedias de adolescentes estadounidenses en la era de internet. La escatología se mezclaba con la vida de las clases medias puertas adentro. Surgían  nuevos pactos entre padres e hijos frente a una Norteamérica que ya ha perdido la inocencia. Y todo eso sin dejar de lado un delirante sentido del absurdo y del ridículo, así como el encanto de unos losers de colegio y pendencieros de pacotilla -con más de tontos que de maliciosos-, entre los que destacaba Jason Biggs.

American Pie Reunion empieza después de una secuencia antológica que destapa el mutuo aburrimiento de la pareja protagónica. La crisis de la clase media no es entonces económica, sino sexual. La remembranza juega a favor de este nuevo “debut” de la banda de amigos, cuando ya son adultos o intentan serlo y, de alguna manera, pasan por una de esas escapadas -en el caso del Jim Levenstein que interpreta Biggs, cargando con el agravante de la culpa matrimonial, luego de haber descubierto ambos esposos sus respectivas crisis onanistas- que tienen de entrañables, de hilarantes, y de un aire de familia legendario. El acierto está en que las tres películas anteriores no pesan, y los directores Hurwitz y Schlossberg equilibran la nostalgia con personajes que están reinventándose y jugando con sus propios clichés -y, de alguna manera, desprendiéndose de ellos. Más que una historia brillante -pueden identificarse una serie de huecos narrativos-, lo que hay acá son un puñado de aventuras muy bien resueltas, y una energía y complicidad desarmantes.  Esta es una comedia efectiva que no deja de querer a sus personajes. (versión modificada del texto publicado en Somos, 21/04/2012)

domingo, 15 de abril de 2012

Los juegos del hambre (Hunger Games, 2012) de Gary Ross


Uno de los últimos taquillazos de Hollywood es esta adaptación de la novela del mismo nombre de Suzanne Collins. Una historia del futuro pero que, de muchas formas, es un diagnóstico del presente: el mundo se ha dividido entre una facción dominante que ha conquistado el poder y que mantiene en condiciones precarias al resto de la población. Sin embargo, hay algo aún peor: la mala suerte de algunos “subyugados” que son seleccionados, por azar, para participar en unas competencias televisadas -como los “realitys”-, donde los muchachos -cada uno representa un “distrito” diferente- deben prepararse para un enfrentamiento a muerte en un campo de laboratorio. Allí, solo uno sobrevivirá, y se ganará el favor del Estado.

Sociedad del espectáculo, pocos escrúpulos para manipular las condiciones de reclusión de los participantes en el programa de TV, morbo, crueldad de las masas, carestía, hambre de los excluidos, parecen hablar en clave sobre las crisis -tanto económicas como morales- del mundo de hoy. Y, como muchos dicen, es probable que ese sea el secreto de su éxito. Sobre todo, siendo esta una cinta con unos prometedores minutos de inicio que, sin embargo, se echan a perder en una segunda parte -la del “juego”- donde el director pierde la brújula. Solo Jennifer Lawrence parece creer en su papel hasta el final, y es capaz de sostener el interés. Lo demás es un cúmulo de sensiblería, resoluciones predecibles, argumentos a la deriva, y personajes insustanciales. (Somos 7/04/12)

viernes, 6 de abril de 2012

El espía que sabía demasiado (Tinker Tailor Soldier Spy, 2012) de Tomas Alfredson


El director de Criatura de la noche (Lat den ratte komma in, o Let the Right  One In -como se tituló en EEUU-) confirma su talento con esta adaptación de una novela de John Le Carré. La acción, ubicada a principios de los setenta, se centra en un equipo de inteligencia británico y en todas las posibles traiciones que se ponen en juego, más aún cuando hablamos del arte de trabajar un equilibrio sinuoso entre los dos bloques en pugna de la Guerra Fría. Gary Oldman, con todo el magnetismo que genera la  contención actoral que ha procurado para este papel, se convierte en un espía dentro de su propio grupo de agentes. Por otro lado, la recreación de época no se hace desde la ornamentación, sino desde la atmósfera derruida de la burocracia que rodea a esta banda de en contubernio alrededor de Europa. 

La cámara de Alfredson nunca es abierta, sino parcial, siempre revela y esconde algo, en un juego de relecturas que, además, incorpora a la memoria. En ese sentido, este es un rompecabezas, una continua reconstrucción de hechos. El desconcierto, los movimientos subrepticios, fuera del campo visible, el sigilo y el misterio, es parte de una poética tenebrista. Y ya no hablamos de una alianza secreta entre un niño y un vampiro -como en la anterior cinta del autor-, sino de pactos encubiertos entre hombres que vuelven ambiguas y peligrosas todas sus relaciones. El espía que sabía demasiado es un filme extrañamente lírico y melancólico sobre la mirada y los compartimentos más oscuros del alma. (versión modificada del texto publicado en Somos, 31/03/2012)

martes, 20 de marzo de 2012

La piel que habito (2011) de Pedro Almodóvar


Antonio Banderas es Robert Ledgard, un científico que trabaja con la genética para producir una piel que permita reconstruir los cuerpos y los rostros irremediablemente dañados. Es así que el doctor se obsesiona con uno de sus experimentos -ligado a una misteriosa muchacha, Vera (Elena Anaya)-, a pesar de la desaprobación de la comunidad científica. Pero lo que está detrás de estas excéntricas tareas es una serie de tragedias que, como un laberinto de historias que llevan a otras, van redimensionando nuestra comprensión de los personajes y sus acciones -de una forma tan radical y profunda, que resulta, a la vez, perturbadora y conmovedora.

Más cerca de los dominios de un Cronenberg y las fronteras más sutiles del horror, Almodóvar fabrica un tejido onírico y sinuoso, lleno de disfraces y mutaciones, de imágenes y motivos de resonancias míticas (las estancias de Franjou y Whale, las desgracias pigmaleónicas del Vértigo de Hitchcock). Pero siempre logrando una síntesis intransferible, que incorpora lo grotesco, el melodrama, un extraño humor, así como sus siempre distintivas quimeras de identidad, para terminar haciendo verosímiles los caprichosos giros del destino, y poniendo al pensamiento frente a las dimensiones más problemáticas del ser humano. Y diremos al final: ninguna alusión a la historia del cine -en este filme hay muchas- basta para agotar la hondura de uno de los títulos más cautivantes de la carrera de su autor. (En Somos, 17/03/2012)

domingo, 18 de marzo de 2012

Un mundo mejor (Haevnen, 2010) de Susanne Bier


Llega esta ganadora del Oscar a mejor filme extranjero de 2011. Se trata de la historia de dos amigos, dos niños que se encuentran en medio de un contexto destructivo. Mientras que Christian enfrenta la muerte de su madre tras un largo padecimiento de cáncer, Elias debe encarar el bullying que sufre, en el colegio, de parte de compañeros más grandes que él. Ambos tomarán dos actitudes diferentes: mientras uno decide hacer justicia con una violencia mayor, el otro se ve desconcertado y temeroso frente a lo que pueda pasar.

Un mundo mejor configura retratos sicológicos al límite, plantea situaciones brutales con sequedad y sin efectismos, y, sobre todo, articula, con éxito, diferentes vidas -porque hay que sumar la de los padres: un matrimonio en trance de separación, más un padre viudo que no puede reconciliarse con su hijo. En este punto, vale la pena mencionar el sugerente paralelo que hace Bier con la historia de Anton (Mikael  Persbarandt), uien trabaja salvando víctimas de las guerras étnicas, como cirujano, en la zonas más pobres de África -donde también se presentan relaciones de abuso sistemático-. Lejos de remarcar sentidos de forma plana, Bier no deja de lado las múltiples aristas de los relatos, y no sucumbe ante la proliferación de tramas, sino que las engarza en un tormento moral y dramático bastante intenso y desgarrado. El final, si bien algo tranquilizador, no desmerece lo logrado por este estupendo filme europeo. (En Somos, 10/03/ 2012)

miércoles, 7 de marzo de 2012

El artista (The Artist, 2011) de Michel Hazanavicius


Sin dudas la apuesta de Michel Hazanavicius es, conceptualmente, bastante audaz: hacer un filme mudo, recreando el estilo de los inicios de Hollywood, convocando alegría y tristeza por igual. En realidad, la baraja de cartas es conocida para los cinéfilos: la historia del actor de la era silente que, tras el arribo del sonido, se convierte en una estrella olvidada, ya está en Sunset Boulevard; el cuento de amor entre un ídolo en ascenso (Bejo) y uno en descenso (Dujardin) nos recuerda Nace una estrella de Cukor, mientras nos llegan otras resonancias de Cantando bajo la lluvia, y, en algunas resoluciones visuales, Ciudadano Kane.

Lo mejor del filme está en la capacidad del director y los actores para configurar un registro físico y una estética antigua que funcionen a un nivel de complicidad con el espectador. Esto, incluso, continúa su impronta lúdica con las citas (la música de Vértigo de Hitchcock), y  la doble lectura de muchos diálogos leídos en intertítulos (Dujardin no quiere hablar para el cine sonoro, pero tampoco quiere conversar con su esposa). La fotografía, la limpidez de los planos, el uso naif de pocos elementos, resultan atractivos en un primer momento. Pero la fórmula se desgasta pronto. Los personajes no revelan profundidad, las situaciones se vuelven demasiado predecibles. El artista puede ser el homenaje a un cine mudo ligero, complaciente, hecho de clichés, de juegos de lectura. Lo que no basta para hablar de una cinta de veras arriesgada y conmovedora.  (versión modificada del texto publicado en Somos, 03/03/2012)