miércoles, 24 de abril de 2013

Asu mare (2013) de Ricardo Maldonado



El éxito de Asu mare no tiene que ver tanto con lo cinematográfico, como con lo social: en un país sin estrellas que sean capaces de congregar a todo tipo de público, filmes como este muestran las posibilidades de la comedia alrededor de un tema como la identidad –tópico que en sus monólogos, Alcántara, más allá de algún exceso, ha tenido a bien tratar.

Pero, por otro lado, sería absurdo pensar que el éxito comercial garantiza la calidad de un filme que tiene, exclusivamente, a un show unipersonal como punto de apoyo. Lo más valioso se encuentra en su primera hora, cuando se intercala el stand up comedy con las “representaciones” que nos llevan al pasado, a la infancia y juventud de Carlos Alcántara, sketches intencionadamente farsescos y desmadrados. El terreno de la comedia ligera y sin pretensiones es donde mejor le va. Sin embargo, esa frescura, irreverencia, y complicidad –que podía hacernos olvidar algunas resoluciones narrativas algo torpes– entran en  problemas cuando el filme prueba una impostura más “seria”. Es cuando la voz en off que acompaña las escenificaciones del pasado se hace machacona y solemne, cuando se cae en el sentimentalismo aleccionador y de empaque publicitario. Es en ese momento en que la película revela su falta de ideas, deja el trabajo a las cámaras lentas y los efectos de fotografía, y la complacencia edificante se confunde con una caricatura sin personalidad.(En: Somos 20/04/13)

domingo, 31 de marzo de 2013

The Master (2012) de Paul Thomas Anderson

Dos formas de locura y una velada crítica al sueño americano.
















Luego de combatir en la Segunda Guerra Mundial, Freddie (Joaquín Phoenix) vuelve como un alcohólico agresivo y turbado, incapaz de retener algún empleo. Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), gurú de un nuevo culto llamado “La Causa”, lo acoge. Así surge una amistad de perfiles opuestos, y de dos modelos: el del éxito y el del fracaso. Pero también de dos tipos de locura: la del mitómano que se apodera de las mentes de los demás, y la del marginal que no puede controlar la suya. 

La de Phoenix-Hoffman es una relación de dependencia mutua. El maestro prueba su poder, y el discípulo busca una inserción que no se la dará nadie. Solo Lancaster, un desadaptado a su manera, tratará bien a Freddie, y solo Freddie podrá probarle que el alma de un hombre no la puede poseer nadie. Y, en medio, el mismo sueño americano del que descreen los dos. Solo estos elementos ya hablan de un filme singular, pero The Master es más. No solo es un retrato de EEUU que empoza una mirada crítica detrás de superficies cristalinas. Es, también, un relato hecho de brechas que el espectador deberá llenar. Entre sus imágenes hipnóticas, y sus actuaciones portentosas (la de Phoenix es antológica), hechas de dolor y éxtasis, Paul Thomas Anderson (Petróleo sangriento) reserva un espacio para el misterio y un profundo desarraigo existencial. Una cinta imperdible y magistral. (En: Somos 02/03/13)

Amour (2012) de Michael Haneke

El registro del dolor o la dignidad de la expresión.
















Anne (Emmanuelle Riva) y Georges (Jean-Luis Ttrintignant), una pareja mayor de profesores de música, vive pacíficamente en su apartamento parisino. Una mañana, cuando toman desayuno, ella no responde a las palabras de su esposo, mientras este trata de sacarla de su estupor. Así inicia el último filme –ganador de la Palma de Oro de Cannes, y Oscar a mejor película extranjera– del Michael Haneke (Escondido, La cinta blanca). 

Muchas son las virtudes del filme, que se basta a sí mismo con dos actores y las contadas estancias de un departamento. De una forma casi “científica”, se descubren los hitos que marcan el deterioro del cuerpo y la mente de Anne. En los mismos planos, observamos la compañía tensa y lúcida de su marido. En Amour, la lucha parte de la mayor contención, la mayor dignidad. Georges se mueve con fragilidad, pero el cuidado que le dedica a Anne no tiene límites –lo que no se exterioriza con ninguna gestualidad exacerbada. El dramatismo es más hondo y preciso, en la medida en que se rehúyen todos los “efectos dramáticos” posibles. Así sale a relucir, en las imágenes, la verdad de una relación que, desde su cotidianidad y discreción, termina siendo épica y extraordinaria. Mención aparte para Trintignant y Riva, así como para un par de secuencias extrañas y oníricas cuyas connotaciones y sentidos probablemente lleven, a Amour, hacia un terreno aún más profundo y conmovedor. (En: Somos 09/03/13)

Cosmopolis (2012) de David Cronenberg















Eric Packer (Pattinson) es un joven millonario que pasea con su limusina blindada por Manhattan, y observa las tendencias de la Bolsa. A la vez, se da tiempo para ver a una prostituta y la mujer con la que se ha casado hace poco –y tampoco le interesa demasiado. Como ellos, los seres humanos lucen desafectados, y todo se ha reducido a su valor de venta, donde el dolor y la muerte es lo único que puede seducir a un hombre todopoderoso –pero en el fondo desesperado.

En el cine de Cronenberg siempre hay un virus que se apodera del cuerpo, y da pie a un fenómeno de mutación que amenaza con destruirlo. Aquí, ese virus es el capital mismo. Más allá de esa verdadera cápsula aislante que es la limusina del protagonista, la imposibilidad de genuino contacto humano es la contante que se hace patente a través de todos los diálogos y situaciones del filme. La intimidad y el amor han dado paso a relaciones enrarecidas que no dejan de acrecentar la distancia entre el dueño del mundo y los que no lo son. Pero no solo eso: el poder de Packer es proporcional a su nihilismo, y por ende a su propia “enfermedad”. Por último, un trasfondo social caótico y anárquico se muestra indirectamente, a través del espejo retrovisor. Cosmópolis es uno de los diagnósticos más brillantes y amargos del capitalismo tardío y el ocaso de la civilización moderna. (En: Somos 30/03/13)

miércoles, 20 de febrero de 2013

Lincoln (2012) de Steven Spielberg




Luego de la magnífica Caballo de guerra (2011), Spielberg afrontó uno de sus proyectos más ambiciosos. Su Lincoln se centra en los años crepusculares del presidente norteamericano, cuando trata de lograr el fin de la Guerra de Secesión, y, a la vez, lucha para que el Congreso apruebe la enmienda constitucional que abolía la esclavitud para siempre.

 A diferencia de otras cintas históricas de Spielberg (Amistad 1997, El color púrpura 1985), este Lincoln se muestra sobrio, contenido. Si bien estamos ante otro avatar del héroe spielberguiano, un melancólico caballero ajeno a los bandos enfrentados y cuya nobleza choca con las coyunturas degradantes –piénsese en el héroe de La lista de Schindler (1993)–, aquí predomina una corriente dramática subterránea. En esa línea, un gran actor –Daniel Day Lewis– vuelve a sorprender con un registro mucho más apocado que el que suele ofrecer, mientras una concentración o crispación constante remece su cuerpo alargado. Esta es la vejez de un líder en retirada, pero enfrentado ante la curva más abismal de su vida, ya que en sus manos está la tragedia y salvación de su pueblo. Y podemos decir que un doble filón, el que rodea a su vida privada, y el que tiene que ver con la política, están cuidadosamente zurcidos por la cámara serena e hipnótica de Spielberg. Pese a algún exceso retórico de los minutos finales, estamos ante la espléndida madurez de un estilo que homenajea al clasicismo, y, a la vez, humaniza con éxito un mito fundacional de Estados Unidos.(Somos 09/02/13)

domingo, 20 de enero de 2013

Una aventura extraordinaria (Life of Pi, 2012) de Ang Lee




Ang Lee, el director de Secreto en la montaña (Brokeback Mountain, 2005), vuelve con esta adaptación de la novela de Yann Martel, sobre la sobrevivencia del joven Pi Patel (Suraj Sharma), quien debe soportar un naufragio, un viaje en bote con un tigre de bengala, y todo tipo de tormentas e inclemencias en lo profundo del océano. 

Lee opta por un registro que él conoce bien, y que ha empleado en El tigre y el dragón (Couching Tiger, Hidden Dragon, 2000): un estilo envolvente que imprime un aliento maravilloso y fantástico a sus relatos. Así, la luz de las estrellas, o la textura del mar, adquieren una coloración tornasolada y luminosa, despojándolos de todo realismo, y llevándonos a una sensibilidad onírica que colinda muy bien con ese aliento mítico que está desde el origen del filme: lo que vemos no es más que una historia difícil de creer, contada por el protagonista ya adulto desde su cómodo retiro en Canadá. Pero no se piense que se trata de un cuento complaciente. Lee logra resolver las escenas con una sutileza, dramatismo y rigor tal, que las situaciones más inverosímiles –como la convivencia entre el joven y los animales en el bote– se hacen “reales” y conmovedoras. Finalmente, el espectador comprobará, en el desconcertante desenlace, que las resonancias “maravillosas” están lejos de servir a un discurso edulcorado, y que en el corazón del filme se encuentra una incisiva reflexión sobre la crueldad de la vida y la búsqueda de sentido o redención. (versión modificada del texto publicado en Somos, 12/01/13)