martes, 8 de mayo de 2012

Bastardos sin gloria (Inglorious Basterds, 2009) de Quentin Tarantino


Fue anunciado como el proyecto más ambicioso del director de Pulp Fiction, y, paradójicamente, Bastardos sin gloria es el  primero de su autor que no ha convencido a todos. ¿Es acaso fallido? Podría serlo a la luz de esa filmografía impecable (hecha de cinco obras maestras donde no sobraba ni faltaba ni un solo fotograma). Con Bastardos sin gloria, sin embargo, tenemos la sensación de que algo falta y algo sobra, a pesar de que de principio a fin estemos ante una cinta virtuosa, inventiva, original e irreverente.

Primero vayamos al corazón de la película. En él, ya adivinamos el tema de fondo de toda la obra del director. Sus historias articulan, una y otra vez, una moral de la venganza a menudo, el ideal detrás de ese saldo de cuentas es conseguir la paz de una nueva vida, paradójicamente, alejada del crimen que proviene de la ética del hampa, de los que están fuera de la ley, y que y ese es el logro mayor los espectadores interiorizábamos al encarar la humanidad de un antihéroe. En el mundo de Tarantino, la crueldad, o la medida de la venganza, tiene un límite, que por lo general es sobrepasado por el sadismo del enemigo verdadero villano y representante del Mal absoluto, como, por ejemplo, el Bill de Kill Bill.

En Bastardos sin gloria, la venganza es de los que pretenden invertir la lógica imperante: ahora serán ellos unos soldados estadounidenses de origen judío liderados por el teniente Aldo Reine (Brad Pitt) quienes cambiarán el rol de víctimas por el de pesadilla de los nazis, diezmándolos brutalmente y cortando sus cabelleras una vez muertos, al estilo sangriento y ritual de los indios americanos.

El problema, sin embargo que no aparecía en los anteriores filmes del autor es que nunca podemos conocer bien los motivos personales que llevan a cada integrante a formar parte de esta banda que toma la justicia por su cuenta, de esta “ira de Dios” que azota a los seguidores de Hitler. Por eso mismo, hubiéramos pensado que iba a ser la historia paralela de Shosanna Dreyfus (Mélanie Laurent) -una judía que sobrevive a un cruel exterminio del Coronel Landa (en la antológica actuación de Christoph Waltz) y que luego idea un plan para terminar con el mismo Hitler- la que aporte esa densidad dramática que le faltaba al filme. Pero eso tampoco sucede. La Shosanna de Tarantino es apenas entrevista en la dinámica coral, lo que también se extiende a los “bastardos” que, conforme avanza  el metraje, van perdiendo protagonismo.   

Todo esto le resta profundidad y complejidad a una cinta que por ser ligera no deja de destacarse, de afirmar su originalidad y delirio, donde lo irrisorio se sigue dando la mano con lo siniestro: el humor, los diálogos extensos, algo de gore, pastiches y referencias explícitas al cine alemán de la era nazi, la escenografía de las películas de guerra, etc. hacen un colorido coctel junto con la  idiosincrasia de personajes tomados al vuelo que parecen haber salido de Pulp Fiction: Eli Roth (director de Hostel) se convierte en un matón endemoniado que rompe cabezas nazis con un bate de béisbol, no sin antes ensayar un ritual samurai; el Sgt. Hugo Stiglitz (Til Schweiger) nunca habla pero es el más temperamental e implacable de todos; mientras que nada parece inmutar el desparpajo y desenfado del líder (Pitt), tan hábil para contar chistes como para mantener firme a su regimento. Finalmente, no podíamos dejar de mencionar al Col. Landa, una monstruosa criatura que sale de la pantalla, y que termina por ser más grande que la película. (Somos, 17/10/09)
           

martes, 1 de mayo de 2012

El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011) de Terrence Malick


El primer largometraje de Terrence Malick (Malas tierras) data de 1973, y constituyó uno de los hitos de la renovación de Hollywood en esa década, junto con los trabajos de Coppola, Scorsese, De Palma, o Bogdanovich. Pero Malick probaría ser el más intransigente con sus postulados estéticos, en búsqueda de los más ásperos cuestionamientos morales del ser humano, incluyendo temas como los del pecado original, la relación con la Naturaleza como “paraíso perdido” desde un ángulo más bien cósmico, y otras coordenadas existenciales como las del perdón y la posibilidad de trascender las barreras individuales de la civilización.

Ganadora de la Palma de Oro en Cannes, El árbol de la vida es uno de sus filmes más arriesgados, pero también uno de los más sugerentes. A través de una larga rememoración, vamos de la ciudad al mundo rural en los años cincuenta, especie de remembranza idílica donde se pone en escena el aprendizaje de vida al interior de una típica familia americana. Malick logra comunicar al espectador una serie de preguntas que surgen no desde la intriga, sino desde un conjunto de sensaciones o “revelaciones”, insinuaciones, percepciones prohibidas, contrastes, y gestos que se van acumulando y van enhebrándose con una lógica casi velada. Se podría decir una experiencia de resonancias “bíblicas” que alcanza un profundo lirismo, y que no teme remontarse a los confines de la creación. (Somos, 28/04/12)

viernes, 27 de abril de 2012

American Pie Reunion (2012) de Jon Hurwitz y Hayden Schlossberg


American Pie (1999) significó un nuevo inicio para las comedias de adolescentes estadounidenses en la era de internet. La escatología se mezclaba con la vida de las clases medias puertas adentro. Surgían  nuevos pactos entre padres e hijos frente a una Norteamérica que ya ha perdido la inocencia. Y todo eso sin dejar de lado un delirante sentido del absurdo y del ridículo, así como el encanto de unos losers de colegio y pendencieros de pacotilla -con más de tontos que de maliciosos-, entre los que destacaba Jason Biggs.

American Pie Reunion empieza después de una secuencia antológica que destapa el mutuo aburrimiento de la pareja protagónica. La crisis de la clase media no es entonces económica, sino sexual. La remembranza juega a favor de este nuevo “debut” de la banda de amigos, cuando ya son adultos o intentan serlo y, de alguna manera, pasan por una de esas escapadas -en el caso del Jim Levenstein que interpreta Biggs, cargando con el agravante de la culpa matrimonial, luego de haber descubierto ambos esposos sus respectivas crisis onanistas- que tienen de entrañables, de hilarantes, y de un aire de familia legendario. El acierto está en que las tres películas anteriores no pesan, y los directores Hurwitz y Schlossberg equilibran la nostalgia con personajes que están reinventándose y jugando con sus propios clichés -y, de alguna manera, desprendiéndose de ellos. Más que una historia brillante -pueden identificarse una serie de huecos narrativos-, lo que hay acá son un puñado de aventuras muy bien resueltas, y una energía y complicidad desarmantes.  Esta es una comedia efectiva que no deja de querer a sus personajes. (versión modificada del texto publicado en Somos, 21/04/2012)

domingo, 15 de abril de 2012

Los juegos del hambre (Hunger Games, 2012) de Gary Ross


Uno de los últimos taquillazos de Hollywood es esta adaptación de la novela del mismo nombre de Suzanne Collins. Una historia del futuro pero que, de muchas formas, es un diagnóstico del presente: el mundo se ha dividido entre una facción dominante que ha conquistado el poder y que mantiene en condiciones precarias al resto de la población. Sin embargo, hay algo aún peor: la mala suerte de algunos “subyugados” que son seleccionados, por azar, para participar en unas competencias televisadas -como los “realitys”-, donde los muchachos -cada uno representa un “distrito” diferente- deben prepararse para un enfrentamiento a muerte en un campo de laboratorio. Allí, solo uno sobrevivirá, y se ganará el favor del Estado.

Sociedad del espectáculo, pocos escrúpulos para manipular las condiciones de reclusión de los participantes en el programa de TV, morbo, crueldad de las masas, carestía, hambre de los excluidos, parecen hablar en clave sobre las crisis -tanto económicas como morales- del mundo de hoy. Y, como muchos dicen, es probable que ese sea el secreto de su éxito. Sobre todo, siendo esta una cinta con unos prometedores minutos de inicio que, sin embargo, se echan a perder en una segunda parte -la del “juego”- donde el director pierde la brújula. Solo Jennifer Lawrence parece creer en su papel hasta el final, y es capaz de sostener el interés. Lo demás es un cúmulo de sensiblería, resoluciones predecibles, argumentos a la deriva, y personajes insustanciales. (Somos 7/04/12)

viernes, 6 de abril de 2012

El espía que sabía demasiado (Tinker Tailor Soldier Spy, 2012) de Tomas Alfredson


El director de Criatura de la noche (Lat den ratte komma in, o Let the Right  One In -como se tituló en EEUU-) confirma su talento con esta adaptación de una novela de John Le Carré. La acción, ubicada a principios de los setenta, se centra en un equipo de inteligencia británico y en todas las posibles traiciones que se ponen en juego, más aún cuando hablamos del arte de trabajar un equilibrio sinuoso entre los dos bloques en pugna de la Guerra Fría. Gary Oldman, con todo el magnetismo que genera la  contención actoral que ha procurado para este papel, se convierte en un espía dentro de su propio grupo de agentes. Por otro lado, la recreación de época no se hace desde la ornamentación, sino desde la atmósfera derruida de la burocracia que rodea a esta banda de en contubernio alrededor de Europa. 

La cámara de Alfredson nunca es abierta, sino parcial, siempre revela y esconde algo, en un juego de relecturas que, además, incorpora a la memoria. En ese sentido, este es un rompecabezas, una continua reconstrucción de hechos. El desconcierto, los movimientos subrepticios, fuera del campo visible, el sigilo y el misterio, es parte de una poética tenebrista. Y ya no hablamos de una alianza secreta entre un niño y un vampiro -como en la anterior cinta del autor-, sino de pactos encubiertos entre hombres que vuelven ambiguas y peligrosas todas sus relaciones. El espía que sabía demasiado es un filme extrañamente lírico y melancólico sobre la mirada y los compartimentos más oscuros del alma. (versión modificada del texto publicado en Somos, 31/03/2012)