lunes, 21 de noviembre de 2011

El ilusionista (The Illusionist, 2006) de Neil Burger


Esta es la segunda película del realizador independiente Neil Burger. Se trata de la adaptación de un cuento del ganador del Pulitzer Steven Millhauser: "Eisenheim, el ilusionista", especie de fábula romántica ambientada en la Viena de 1900.

La historia comienza con la impronta de un cuento de hadas. En un principio, vemos al pequeño Eisenheim enamorarse de la princesa Sophie, amor que le será arrebatado violentamente debido a las diferencias de clase. Ya mayor, y convertido en un eximio ilusionista, el mago (Edward Norton) se encontrará de nuevo con Sophie (Jessica Biel), ahora prometida del arrogante príncipe Leopold (Rufus Sewell). Y en medio de ese triángulo, el comedido inspector Uhl (Paul Giamatti) tratará de desenmascarar, por orden de Leopold, al asombroso Eisenheim, quien, cada vez más, gana el favor y fe del pueblo.

El Ilusionista está sembrado de detalles muy sutiles, desde los actos de magia que tienen una función estética y simbólica extraordinaria hasta ese diálogo de gestos, subalterno al de las palabras, que termina por organizar el espectáculo. Para esto último, hay que mencionar el magisterio de Norton, quien esculpe su personaje con miradas penetrantes; por su parte, Rufus Sewell da una réplica memorable aportando turbación y fragilidad a su odioso villano.

Otra característica del filme es que hace de su héroe, Eisenheim, un falso protagonista, ya que el verdadero termina siendo el inspector Uhlm personaje que le cae como anillo al dedo a Paul Giamatti, quien se debate entre su fascinación por los actos del ilusionista, su subordinación al tiránico Leopold, y su pasión por averiguar la verdad.

El cambio de perspectiva narrativa, que pasa de Eisenheim a Uhl, es decisiva para crear la incertidumbre y desconcierto que acompaña al acontecimiento luctuoso central sobre el que girará la segunda mitad del metraje. Finalmente, la resolución del caso, por parte de Uhl, permitirá releer el relato, y ahondar en esos sentidos simbólicos  y míticos que dan originalidad a la película.



La concisión expresiva de El Ilusionista, característica del clasicismo del cine, parece estar aunada a ese -ahora ingenuo- aliento decimonónico de las grandes historias de amor. En efecto, la película está llena de los motivos de la literatura romántica del siglo diecinueve, con su reto a la racionalidad, con sus héroes enfrentados al destino, y, sobre todo, ese hálito de trascendencia espiritual que envuelve a la fantasmagoría y el imaginario de la época (cuyo emblema  mayor podría ser "La muerta enamorada", el célebre relato de Gautier).

De inicio sorprenderá al espectador la fotografía en clave baja, virada al sepia, que tanto bien hace para brindar una atmósfera hipnótica, y esa envolvente sensación de ocultamiento. También sorprende el tratamiento adulto muy por encima del estándar actual de la puesta en escena, y el ritmo narrativo sosegado, abundante en primeros planos. Todo eso, más algunas colaboraciones de lujo, como la del músico Philip Glass, contribuye al lirismo y densidad de este humilde filme que hace recordar por un momento a ese viejo estilo de hacer cine, cada vez más raro de encontrar.(versión modificada del texto publicado en Somos, 13/01/2007)

Baby shower (2011) de Pablo Illanes


Ahora ya no se trata de un enmascarado en busca de adolescentes prematuros. En este slasher (subgénero caracterizado por psicópatas que perpetran asesinatos sangrientos) chileno, las potenciales víctimas son un grupo de amigas adultas que se reencuentran en una casa de campo, como modo de celebración del embarazo avanzado de la anfitriona (Ingrid Isensee). Lo más destacable quizá sea, precisamente, esta parte, concentrada en  la casona y la tensión que se estable entre las amigas. Aquí, Illanes ofrece un retrato crítico del prototipo femenino autosuficiente, hipócrita, y decadente de la gran ciudad -ahora encallada en un espacio rural desconocido-. A la vez, los planos están cargados de un fuerte erotismo, a través de los cuerpos acerados de estas mujeres maduras y llenas de una agresividad que se incrementa poco a poco. 

Ya inmersos en el reino del gore, en la segunda parte se da paso a una mezcla de cacerías rutinarias y algo caóticas. Por otro lado, el protagonismo de la mujer embarazada da paso a una secta puritana cuyo delineamiento no queda del todo claro: la desaforada fiesta de sangre abandona, quizás demasiado, las posibilidades de mantener interés en los personajes y sus motivaciones. Sin embargo, el balance no es negativo, ya que rara vez el cine latinoamericano se atreve a dejar de lado la solemnidad y probar suerte con esa mezcla transgresora de sexo, cuadro psicosocial, y pulsión predadora, que pocas artes subliman mejor que este cine de choque y provocación.(versión modificada del texto publicado en Somos 19/11/2011)

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Actividad paranormal 3 (Paranormal Activity 3, 2011) de Henry Joost y Ariel Schulman


El puntapié inicial lo dio Oren Peli, en 2007, con apenas unas cámaras colocadas por una pareja en vistas al descubrimiento de un evento misterioso. El simulacro del voyeurismo nocturno, privado y silencioso, infiltrado en el reducto más íntimo del hogar, se convirtió en la nueva expresión del género de horror, en épocas donde la captura de “lo real”, más allá de cualquier pudor o barrera social, es lo único que importa.

Pero quizá lo más fascinante de este juego sea, precisamente, la habilidad de sus realizadores para “montar”  algo que supuestamente debe lucir como “documental”, como realidad y no como ficción. En ese esfuerzo, logrado con las cámaras digitales, una sola locación, y la buena dirección de unos pocos actores desconocidos, Actividad paranormal 3 logra resistir la tentación de lo reiterativo, del desgaste del truco de la grabación a oscuras -mientras la familia duerme-, para alimentar la fórmula con lo mejor de la tradición del horror: el uso del fuera de campo -haciendo presentir una presencia invisible-; el protagonismo de las niñas que hablan con amigos imaginarios; la investigación del esposo en torno a un pasado intrigante; o la intervención desestabilizadora de espejos y otros motivos clásicos como los aquelarres secretos de un Mal escondido en las entrañas del universo doméstico. A destacar, también, el hecho de que, esta vez, viajamos a los años ochenta gracias a unas viejas cintas de VHS, lo que añade una sofisticación de texturas y sugestiones documentales y temporales de las que también carecían las anteriores entregas. (versión modificada del texto publicado en Somos 12/11/11)