A pesar de ser magníficas muestras del arte de Cronenberg, Existenz y Spider no llegaron a tener una repercusión importante ni se estrenaron en Lima. Una historia violenta, en cambio, le devolvió popularidad a la carrera del director de La Mosca. Y siguiéndole de cerca está Promesas peligrosas (por la que Viggo Mortensen fue nominado al Oscar a mejor actor principal).
¿A qué se debe esta empatía con la crítica y el público? Quizá a que estas últimas películas presentan realidades que no dejan de ser cotidianas y próximas, donde se siembra una intriga a la manera clásica, pero que nos lleva por caminos difíciles de asir. En este caso hablamos de la aventura de Anna (Naomi Watts), enfermera inglesa perturbada por el caso de una chica que, al dar a luz en estado calamitoso, termina por fallecer en el hospital. Anna querrá indagar sobre la vida de la misteriosa muchacha -quien deja un diario escrito en su lengua materna- y así llega al restaurante regentado por un viejo gángster de la mafia rusa.
De entrada reconocemos las constantes de Cronenberg. El cielo descolorido, la luz blanca y opaca, más la textura herrumbrosa de los barrios marginales londinenses, proporcionan una atmósfera siniestra. Y, en el fondo de los espacios enfermos, un establecimiento de lujo alumbrado por cálidas lámparas amarillas. Se trata de la guarida de Semyon (Armin Mueller-Stahl), el capo de la oscura cofradía eslava. Por otro lado está su hijo Kirill (Vincent Cassel), engreído y temperamental, y su guardaespaldas, el firme y centrado "Nikolai" (Viggo Mortensen), quienes conforman una pareja cuya relación pasa por afectos que marcarán derroteros sorprendentes para ambos –y que no tienen nada que ver con la homosexualidad-.
De alguna manera, todos los vínculos que se establecen en la película –como el de Nikolai y Anna- son intensos pero inciertos, apasionados y contenidos, lo que acentúa la cualidad hipnótica que ejerce cada presencia. Pero hay un vínculo que debe ser forjado con violencia, con tatuajes, rituales y pruebas de fidelidad. A pesar de ser “un bastardo” y de mantener cierta distancia frente a todo, el ambiguo Nikolai está involucrado en un proceso que conduce a una conversión, a ser un verdadero hermano de Kirill o un hijo de Semyon. Se trata de una metamorfosis, una mutación en la que está involucrada su mente y su cuerpo: el gran tema de la obra de Cronenberg.
Es así que en Promesas Peligrosas la simbología deja de ser una marca exterior y fugaz, y adquiere una cualidad carnal o biológica, se convierte en un fetiche que se apodera del alma. Pero, ¿es que Nikolai se da cuenta que ha cruzado el umbral y que ya no puede regresar?, y si es así, ¿cuándo se da cuenta? Son preguntas que quedarán irresueltas y que están reservadas para la elucubración personal de cada espectador. A nosotros solo nos basta citar una de las secuencias del filme, cuando el protagonista se enfrenta a unos sicarios en los baños termales de Londres. Allí, la cámara hace del cuerpo humano una materia natural que es inoculada ya no por los tatuajes tribales, sino por la misma violencia que es padecida e infligida como un virus que se mete en la sangre y constituye una nueva carne, una nueva mente. Es el fascinante y perturbador mundo de un gran cineasta, de un gran pensador. Es el cine de David Cronenberg. (Somos, 26/ 04/2008)











